
Los seres humanos vivimos rodeados de estímulos, alimentos, tecnologías y multitudes que habrían resultado impensables para nuestros antepasados. Aunque estos cambios han traído comodidad y nuevas formas de conexión, también han creado entornos para los que nuestros cuerpos y cerebros no tuvieron tiempo de adaptarse.
Una revisión conceptual publicada en la revista Behavioral Sciences, elaborada por investigadores de la Universidad James Cook y la Universidad de Tecnología y Diseño de Singapur (SUTD, por sus siglas en inglés), plantea que parte del malestar físico y mental contemporáneo puede deberse al desajuste evolutivo, es decir, a la distancia entre los rasgos que desarrollamos durante miles de años y las condiciones en las que vivimos actualmente.
Nuestros organismos evolucionaron en comunidades pequeñas, con actividad física frecuente, contacto con la naturaleza y amenazas locales. Hoy, gran parte de la población vive en ciudades densas, pasa horas frente a pantallas y recibe constantemente información sobre crisis económicas, conflictos sociales, enfermedades, cambio climático, etcétera.
Según el equipo de investigación, estas presiones se entrelazan en un fenómeno que llaman “policrisis”, cuyo impacto puede superar al de cada problema por separado. Las amenazas abstractas, globales y persistentes mantienen activos durante largos periodos los mecanismos de vigilancia y estrés.
Un entorno que enferma
Algunos rasgos que ayudaron a la supervivencia en entornos de escasez pueden resultar perjudiciales en sociedades de abundancia. La preferencia por alimentos dulces, salados y ricos en calorías coincide ahora con una oferta permanente de productos ultraprocesados, azúcares refinados y grandes cantidades de sodio. Esta combinación contribuye al desarrollo de obesidad, diabetes e hipertensión, entre otras enfermedades.
Algo similar ocurre con la actividad física. La fisiología humana se desarrolló en condiciones que exigían caminar, buscar alimentos y desplazarse con frecuencia. En ciudades llenas de automóviles y empleos que hacen poco o nada por reducir el sedentarismo, la falta de movimiento aumenta el riesgo de resistencia a la insulina, obesidad y enfermedades cardiometabólicas.
La higiene, el uso de antibióticos y la vida en interiores también han reducido la exposición a microorganismos que intervienen en la regulación del sistema inmunitario. La investigación relaciona este cambio con una mayor vulnerabilidad a alergias, asma y algunas enfermedades autoinmunes.
Ansiedad, insomnio y atención fragmentada
El cerebro humano está preparado para procesar información social de grupos pequeños. Actualmente, una sola persona puede recibir cada día mensajes, noticias, imágenes y opiniones de una cantidad de fuentes sin precedentes en la historia humana.
Guerras, inflación, pandemias, crisis climáticas, precariedad laboral: fuentes de estrés que pueden permanecer por meses o años, sin un momento claro en el que el peligro termine. Esta exposición puede mantener activos los mecanismos de vigilancia y favorecer la ansiedad crónica, el agotamiento y la sobrecarga cognitiva. La iluminación artificial, el uso de pantallas y los horarios irregulares también pueden alterar los ciclos de sueño y contribuir al insomnio.
Una competencia por estatus sin descanso
Para explicar otra parte de este malestar, los investigadores proponen la Hipótesis del Desajuste Evolutivo Social y la Competencia (SEMCH, por sus siglas en inglés). Su planteamiento es que las ciudades densas, la desigualdad y las plataformas digitales no solo generan estrés, sino que también pueden intensificar la competencia real y percibida por recursos, oportunidades, reconocimiento, parejas y posición social.
El primer mecanismo es un problema de escala. Antes, las personas evaluaban su posición dentro de comunidades de alrededor de 150 integrantes. Ahora, las redes sociales colocan en una misma pantalla a familiares, colegas, celebridades, multimillonarios e influencers. Aunque esas figuras no formen parte de nuestro entorno directo, nuestros mecanismos de comparación pueden tratarlas como referencias relevantes. Esto puede aumentar la sensación de fracaso, incluso cuando las condiciones de vida propias hayan mejorado.
El segundo mecanismo es lo que los autores llaman “desajuste en la validez de las señales”. En internet, las imágenes pueden editarse, los cuerpos modificarse con filtros y los perfiles construirse para mostrar solo riqueza, atractivo y éxito. Las personas comparan su vida cotidiana con versiones incompletas o exageradas.
