El año pasado, la novelista Laura Brooke Robson escribió Love Is an Algorithm, una historia de amor entre el cofundador de una aplicación de citas con IA y una música que intenta abrirse camino en la era de los grandes modelos de lenguaje (LLM). Mientras trabajaba en la novela, se esforzó por evitar que su escritura pareciera generada por IA.
Escribió frases que no se habría atrevido a usar antes de la llegada de los LLM. También prescindió de lo que llama «metáforas insulsas», así como de los guiones largos y listas de tres elementos. Robson afirma que su escritura ha cambiado para bien y que ahora busca alejarse de lo que considera la falta de estilo propia de la IA.
«Me doy cuenta de que escribo de forma menos mecánica. Siento la necesidad de cometer pequeños errores, como guiños al lector, para demostrar que hay un ser humano detrás de las palabras. Por ejemplo: ¿Y si simplemente inventara una frase? ¿Y si hiciera algo inesperado con la puntuación?», menciona.
«Este texto sí lo escribió un humano. Lo prometo»
Robson forma parte de un grupo más amplio de escritores que practican lo que podría denominarse un estilo de escritura «anti-IA». En el periodismo, la crítica, la escritura creativa y, sobre todo, entre los usuarios compulsivos de LinkedIn, los escritores están convergiendo en una serie de elecciones que se resisten implícitamente a las trampas de la prosa generada por la IA.
Este estilo consiste en evitar los rasgos que suelen asociarse con la escritura generada por IA, como las listas de tres elementos, la voz pasiva, expresiones del tipo «no x, sino y» y los guiones largos. Pero también valora la idiosincrasia como principio rector, recurriendo a anécdotas específicas en primera persona y símiles excéntricos que ponen de manifiesto el trabajo arduo que conlleva la escritura.
«Creo que la IA podría desencadenar una contracultura literaria. Me parece que la ficción literaria se desplazará aún más hacia lo extraño, lo esotérico, mientras que la personalización se impondrá en la ficción comercial», argumenta Robson.
En el mundo editorial, las acusaciones sobre el uso de IA siguen preocupando a los autores. En marzo, Hachette retiró la novela de terror de Mia Ballard, Shy Girl, tras la especulación en internet de que su autora había usado IA; una acusación que ella negó. Ballard, quien afirma que publicará nuevos textos próximamente, ha tenido que replantear su estrategia. «Mi prioridad número uno es que mi escritura se sienta más real y auténtica. Eso fue lo que me perjudicó la primera vez», afirma. Además de revisar su propio texto, asegura que contrató a un editor, quien también lo analizó con un software de IA.
Hachette no respondió de inmediato a la solicitud de comentarios.
Del mismo modo, The Future of Truth, de Steven Rosenbaum, un libro sobre «cómo la IA transforma la realidad», contenía varias citas generadas por IA, algo que el propio autor reconoció más tarde.
Ellena Savage, una novelista y académica australiana cuya prosa tiende hacia oraciones complejas e compuestas inspiradas en la literatura victoriana, afirma que «lamentablemente ha sido víctima de los chatbots«. «La IA me robó varias convenciones sintácticas que antes me gustaban mucho. Echo de menos el uso excesivo del guion largo. Extraño la enumeración de tres elementos, que resultaba tan satisfactoria. ¿Y ahora qué? ¿Solo enlisto dos? ¿Cinco? ¿Siete? ¿Diez?».
En revistas y publicaciones digitales, este estilo contrario a la IA también está redefiniendo el estilo interno y las prácticas editoriales. Richard Fisher, profesor honorario del University College de Londres y editor de la revista cultural en línea Aeon, afirma que la IA anima a los escritores a «ser más humanos» y a escribir de forma más coloquial: «La IA no puede escribir una prosa tan particular como la de los humanos. Puede que los escritores no quieran cambiar su forma de escribir, pero es posible que algunos se vean obligados a hacerlo».

