Como asiduo fanático del béisbol, acostumbro siempre a no conformarme con ver los juegos, solo por verlos, sino que de cada uno trato de realizar análisis y anotaciones que a veces me llevan a conclusiones interesantes.
Una de esas conclusiones a la que he llegado, sobre todo tomando como referencia los juegos del Clásico Mundial, es que el béisbol es un deporte, más que de fuerza, de inteligencia y disciplina.
Montar un equipo de béisbol no debe basarse única y exclusivamente en el poder o en el batazo espectacular, sino en un nuevo concepto que muy bien ha venido pregonando el dirigente venezolano Ozzie Guillén, y que él mismo ha bautizado como «Smart Baseball” o “béisbol inteligente”.
Enseñanza
Partiendo de esa premisa, debo destacar que la participación de República Dominicana en el Clásico Mundial de Béisbol 2026 dejó una enseñanza tan clara como incómoda: no basta con tener el mejor talento si no se domina lo fundamental del juego.

Se llevó un equipo cargado de estrellas, nombres de peso y poder ofensivo. En el papel, era un conjunto temible. Pero el béisbol no se gana en el papel, ni con reputación o salarios altos. Se gana en el terreno, ejecutando, pensando y jugando como equipo. Y ahí fue donde fallamos.
Se apostó, una vez más, al batazo largo como solución a todos los problemas. Se jugó con prisa, sin construir innings, sin fabricar carreras, sin hacer las pequeñas cosas. Cada turno parecía una oportunidad para ser héroe, en lugar de ser útil. Y en un torneo corto, donde cada detalle define el resultado, esa mentalidad se paga caro.
Y hubo jugadas que retratan perfectamente esa falta de fundamentos. El doble del receptor Austin Wells, una situación ideal para presionar al rival y sacar de concentración al lanzador, o hasta un eventual robo de base, pedía una decisión inmediata: corredor emergente en segunda base.
No se trataba de cuestionar al jugador, sino de entender el momento. Un cátcher no es un corredor veloz por naturaleza, y el juego en ese momento exigía velocidad. No se hizo el movimiento…el batazo vino y la carrera nunca llegó.
Pero el problema fue más profundo y repetitivo: nadie se cuadró a tocar la bola en todo el juego, por no decir el torneo. Ni una sola intención de ejecutar el juego pequeño. Ni un sacrificio para avanzar corredores. Nada. Como si esa parte del béisbol no existiera.
A eso se suma otro dato revelador: las bases por bolas fueron mínimas. Hubo muy poca paciencia en el plato, poca capacidad de trabajar los conteos, de desgastar al lanzador rival. Se regalaban outs con swings fuera de zona, mientras los contrarios construían sus oportunidades con disciplina.
Ese contraste fue evidente frente a selecciones como Japón, que juegan cada turno con propósitos bien definidos y enfocados: si hay que tocar, se toca; si hay que esperar, se espera; si hay que avanzar al corredor, se ejecuta. No es espectacular, pero es efectivo. Y, sobre todo, es inteligente. No por casualidad llevan tres clásicos en su haber.
República Dominicana no careció de talento, careció de fundamentos. No faltó capacidad, faltó dirección. No se perdió por inferioridad, sino por falta de ejecución. Y eso obliga a una reflexión seria, porque no es un hecho aislado, es un patrón.
El problema no es de jugadores, es de enfoque. Es la falsa creencia de que el talento, el poder y la destreza resolverán lo que la disciplina no se trabaja. Y el béisbol internacional ya dejó claro que esa fórmula está agotada.
Esta debe ser una lección aprendida. Una llamada urgente a cambiar la mentalidad, a entender que el béisbol no solo se gana con fuerza, sino con inteligencia, con paciencia, y sobre todo, con sacrificios.
Porque al final, la conclusión es inevitable: mucho talento en el roster, pero muy poco béisbol en el terreno.
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