Salma empuja el columpio donde juega su hija mientras espera la autorización del Ejército de Líbano para entrar en Zautar al Gharbiyah. Lleva una pamela de paja para protegerse del sol de agosto y unas gafas oscuras que apenas esconden el cansancio acumulado después de meses de desplazamiento.
Detrás del parque infantil, un puesto de control del Ejército libanés regula el acceso al pueblo. Unos metros más allá comienzan las casas destruidas, las fachadas abiertas por las explosiones y las montañas de escombros que marcan el paisaje de Zautar al Gharbiyah.
Es una escena extraña. Una niña juega en un columpio mientras, a pocos metros, los soldados deciden quién puede entrar en un pueblo que todavía no puede volver a ser habitado.
Salma espera junto a su marido para comprobar el estado de su vivienda. No han vuelto para quedarse. Han venido a mirar, a recuperar lo que puedan salvar y a marcharse antes de que caiga la noche.
«El Ejército libanés no puede hacer nada. No puede ofrecernos seguridad ni reconstruir nuestras viviendas. Aquí no hay agua ni electricidad. Solo hay destrucción«, dice.
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A su alrededor, el pueblo recuerda constantemente que la guerra no ha terminado del todo. Cada cierto tiempo, una explosión rompe el silencio. Desde la colina de Ali Taher llegan disparos de artillería y detonaciones que vuelven a poner en alerta a los habitantes.
Aunque el Ejército israelí ya no está desplegado dentro de Zautar al Gharbiyah, mantiene posiciones en la vecina Zautar al Sharqiyah y conserva capacidad de fuego sobre la zona. Por eso muchos vecinos siguen sin confiar en que el regreso sea definitivo.
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Zautar al Gharbiyah se ha convertido en la primera gran prueba sobre el terreno de las llamadas «zonas piloto», el mecanismo incluido en el acuerdo entre Líbano e Israel impulsado por Washington.
El objetivo es que el Ejército libanés extienda la presencia del Estado en estas áreas mientras Israel avanza hacia una retirada y Beirut asume mayores responsabilidades de seguridad, incluida la cuestión de la presencia armada de Hezbolá al sur del río Litani.
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«Vamos a tardar años en reconstruir nuestros hogares»
Pero entre los escombros del pueblo, la realidad es mucho más compleja que cualquier acuerdo firmado sobre el papel.
Joseph contempla las ruinas desde lo que queda de su casa. Bajo sus pies estaba también su farmacia, el negocio que le permitía vivir y que ahora ha desaparecido. «Esto es terrorismo israelí. He perdido mi vivienda y he perdido mi farmacia. Vamos a tardar años en reconstruir nuestros hogares», dice.
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A pesar de la destrucción, insiste en una idea que muchos habitantes del sur repiten: no quieren otra guerra.
«Nosotros amamos la vida. Estamos en contra de la guerra. Solo queremos vivir en paz».
Su frase resume la contradicción que atraviesa estas localidades. La población quiere volver, pero las condiciones que permitirían una vuelta normal todavía no existen.
El Ejército libanés volvió a Zautar al Gharbiyah después de la retirada parcial israelí. Sus soldados controlan los accesos, patrullan las calles y tratan de mostrar que el Estado vuelve a ocupar un espacio que durante años estuvo marcado por la influencia de Hezbolá.
En la plaza del pueblo, los militares instalan unos paneles solares para intentar recuperar mínimamente algunos servicios básicos. Es una imagen simbólica: un Estado que intenta reconstruir una presencia, pero que todavía carece de muchas de las herramientas necesarias para garantizar una vida normal.
La misión del Ejército tiene además límites políticos y jurídicos. Los soldados no pueden registrar viviendas privadas sin autorización judicial y todavía no existe un mecanismo definitivo sobre cómo localizar armas o infraestructuras militares sin provocar una confrontación con la población local.
Israel insiste en que el Ejército libanés debe garantizar que Hezbolá no pueda reconstruir su infraestructura militar en estas zonas. Beirut, por su parte, quiere preservar el control del proceso y rechaza cualquier fórmula que implique quedar bajo supervisión directa israelí. La respuesta a muchas de estas cuestiones deberá salir de la próxima ronda de negociaciones prevista en Roma el martes 4 de agosto.
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Pero antes de esa mesa diplomática, los habitantes de Zautar al Gharbiyah siguen enfrentándose a una pregunta mucho más inmediata: qué significa volver a un lugar donde todavía no se puede vivir.
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«Entraron en mi casa. Se quedaron aquí. Usaron mis sábanas para dormir»
Salima tiene 70 años y ha esperado meses para volver a entrar en su casa. La vivienda no está completamente destruida. Algunas paredes siguen en pie y parte del tejado continúa intacto. Pero cuando abre la puerta descubre las marcas de quienes ocuparon la vivienda durante la guerra.
En una de las paredes del dormitorio aparecen varias inscripciones en hebreo hechas con carbón negro. En el porche todavía se distinguen las marcas de una hoguera.
Salima se queda unos segundos en silencio antes de hablar.
«Entraron en mi casa. Se quedaron aquí. Usaron mis sábanas para dormir», dice mientras recorre las habitaciones.
«Esto es una ocupación y tengo miedo de que regresen. No confío en ningún acuerdo. Israel quiere estas tierras«.
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Su desconfianza está marcada por la memoria. Salima vivió la ocupación israelí del sur del Líbano hasta la retirada del año 2000. Para ella, lo ocurrido ahora forma parte de una historia mucho más larga. «Estamos hablando de más de 40 años», recuerda.
La experiencia de Salima explica por qué para muchos habitantes del sur la cuestión no es solo militar, sino también histórica. El acuerdo actual llega después de décadas de enfrentamientos, ocupaciones y desplazamientos.
Ali vuelve cada mañana a lo que queda de su casa. Como otros vecinos, no ha regresado para instalarse, sino para recuperar algo entre las ruinas.
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El pueblo fue bombardeado, varias viviendas fueron destruidas y muchas familias perdieron prácticamente todo. Ahora la rutina consiste en abrir puertas que han quedado en pie, buscar documentos, rescatar algún recuerdo y volver a marcharse.
El futuro de Zautar al Gharbiyah dependerá de si este primer experimento puede convertirse realmente en un modelo para otras localidades del sur. Pero todas las partes saben que lo ocurrido aquí no es todavía una solución definitiva.
La tensión alrededor de la colina de Ali Taher recuerda que el alto el fuego sigue siendo frágil. Hezbolá permanece atento a cualquier movimiento que pueda interpretar como una imposición israelí, mientras Israel mantiene sus exigencias de seguridad y amenaza con ampliar sus operaciones si considera que sus intereses están en riesgo.
La escalada regional entre Irán, Estados Unidos e Israel añade todavía más incertidumbre a un proceso que ya avanza con enormes dificultades. Por ahora, Zautar al Gharbiyah representa más una promesa que una realidad.
Cuando Salma termina su visita, vuelve a pasar junto al parque infantil. Su hija se sube unos minutos más al columpio antes de marcharse.
Detrás queda el puesto de control del Ejército libanés. Más allá, las casas destruidas y las explosiones que siguen llegando desde Ali Taher.
El Estado libanés ha regresado antes que sus habitantes. Pero mientras no haya agua, electricidad, seguridad y garantías de una retirada definitiva, el regreso seguirá siendo apenas una visita.
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