POR E. MARGARITA EVE
Siento que vivo en un país, pero no en una sociedad.
La frase me la compartió una destacada periodista dominicana con una sólida trayectoria internacional y experiencia en el ámbito institucional. No fue un comentario casual, sino una observación nacida de la experiencia y, por eso mismo, difícil de ignorar. Obliga a detenerse y a mirar más allá de lo evidente.
Porque plantea una distinción esencial: no es lo mismo habitar un país que construir una sociedad. Un país puede crecer, expandirse y proyectarse; pero una sociedad se construye, se sostiene y se fortalece en la vida diaria de sus ciudadanos.
Un país puede medirse en cifras, crecimiento económico y obras visibles. Puede mostrar avances y atraer inversión. Sin embargo, una sociedad se reconoce en lo cotidiano, en la forma en que las personas conviven, se respetan y se reconocen entre sí.
República Dominicana crece y eso es evidente. Las cifras lo respaldan y los avances son visibles en distintos sectores. No obstante, en la experiencia diaria de muchos ciudadanos, ese progreso no siempre se traduce en bienestar tangible.
Esa distancia se manifiesta en lo cotidiano. Basta observar una intersección en hora pico, donde nadie cede el paso, para entender que el problema no es solo de infraestructura, sino de convivencia. Son pequeñas escenas que revelan una realidad mayor.
Confrontaciones
A ello se suma un elemento particularmente sensible: la relación entre ciudadanía y autoridad. Cada vez es más frecuente observar confrontaciones y resistencia ante quienes representan el orden. No es un fenómeno aislado ni menor.
Casos recientes, como el ocurrido en Santiago entre una ciudadana y un agente de seguridad, evidencian hasta qué punto se ha deteriorado esa relación. Cuando una discusión escala a niveles de violencia impensables, deja de ser un hecho puntual para convertirse en una señal de alarma social.
Este deterioro también se manifiesta en espacios fundamentales como la educación. Casos en escuelas públicas, donde maestros recurren al insulto para dirigirse a estudiantes de primaria, evidencian una falla más profunda. No se trata de generalizar, sino de reconocer una señal preocupante que impacta la formación.
Cuando el respeto se debilita desde la infancia, se compromete el tipo de sociedad que estamos construyendo. Si el niño aprende que la descalificación es válida, difícilmente crecerá comprendiendo el valor del otro. Y sin ese reconocimiento, no hay convivencia posible.
Referentes internacionales y desafíos locales
En este contexto, observar otras realidades permite dimensionar el contraste. En Japón, el respeto por lo público forma parte de la vida cotidiana; en Noruega, la confianza y la equidad acompañan el crecimiento; y en Uruguay, la estabilidad y el acceso a servicios fortalecen la convivencia.
Estos ejemplos muestran que el desarrollo no depende solo de recursos, sino de decisiones sostenidas. En nuestro caso, el punto de partida es claro: recuperar el civismo, educar con sentido ciudadano y reconstruir la confianza. Un país puede crecer en cifras; una sociedad sólo avanza cuando se sostiene en el respeto.
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