Bosch: momento perdido la noche del 16 de mayo 1990

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Víctor Grimaldi, Juan Bosch y Leonel Fernández

La historia dominicana no siempre se decide en los días visibles. A veces se decide en las horas invisibles, en esas madrugadas en que todavía no hay titulares, ni boletines definitivos, ni informes internacionales, pero ya todo está en juego.

La noche del 16 de mayo de 1990 fue una de esas horas invisibles, una de esas bisagras del tiempo donde la política se condensa y el futuro se inclina en silencio.

Aquella noche no transcurrió solamente en los salones de la Junta Central Electoral ni en los locales donde se cuentan votos. Transcurrió primero en la residencia del pelotero  Damasito García, en la casa de la calle Bacuí en los Cacicazgos, donde se reunían dirigentes del PLD y cercanos mientras el país esperaba.

El conteo era lento, fragmentario, incierto, pero la percepción política comenzaba a tomar forma. No se trataba de cifras completas, sino de intuición histórica: el triunfo era posible.

Idea

EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

En ese ambiente propuse a  Juan Bosch una idea sencilla, casi elemental en política: convocar desde esa misma noche una movilización pacífica de celebración para la mañana del 17 de mayo.

No era un llamado a la confrontación, sino a la afirmación.

Ocupar la calle no para imponer, sino para expresar.

Darle al país, desde el amanecer, la imagen de una victoria que todavía no había sido proclamada, pero que ya vivía en el ánimo de quienes la esperaban.

Bosch aprobó la idea.

Ese instante fue real. Existió. Y en él se contenía una posibilidad histórica.

Pero la política no se define por lo que se piensa, sino por lo que se hace.

Giro

Una hora después, en la residencia de Bosch, mientras él se preparaba para ofrecer declaraciones a la prensa esa misma noche, antes de que llegaran los periodistas, se produjo el giro silencioso.

Llegaron Vicente Bengoa, Nélsida Marmolejos y Max Puig.

No discutían votos ni actas. Traían un argumento institucional: existía un acuerdo con el presidente de la Junta Central Electoral, Froilán Tavares, según el cual nadie debía declararse ganador antes de la proclamación oficial.

Pero detrás de ese argumento había un movimiento previo.

Leonel

Aquella misma noche,  Leonel Fernández había llamado a esos dirigentes para que convencieran a Bosch de no convocar la movilización ni realizar la rueda de prensa en ese momento.

Bosch escuchó a los tres. Y Bosch cedió.

En ese instante, sin cámaras, sin documentos oficiales, sin testigos internacionales, se desactivó la iniciativa política.

Se abandonó la posibilidad de que la mañana del 17 amaneciera con el pueblo en las calles celebrando.

Se eligió esperar.

Y la historia, que no espera, siguió su curso.

La madrugada pasó. La mañana llegó sin la multitud. El país despertó sin una imagen clara de victoria. Y en política, cuando la imagen no se construye, la construyen otros.

Jueves

Al mediodía del jueves 17 de mayo, ya el ambiente era distinto.

Yo estaba en el Social Club, junto a la residencia de Bosch. Él tenía en sus manos un ejemplar del periódico La Noticia.

Lo que la noche anterior era expectativa comenzaba a transformarse en una narrativa adversa, en un clima que se inclinaba en otra dirección.

Entonces me dijo:

—»Víctor, llámame a Leonel para que convoque a una conferencia de prensa para esta tarde».

La historia se había movido.

Rueda de prensa

La conferencia de prensa de esa tarde —la que recogería El Nuevo Diario con la imagen de Bosch acompañado por José Francisco Hernández, candidato vicepresidencial del PLD— no fue un acto de afirmación, sino de denuncia.

Allí Bosch habló de fraude, de estafa a la voluntad popular, de la necesidad de salir a las calles. Pero ya no era el mismo momento. Ya no era la mañana de la iniciativa. Era la tarde de la reacción.

Entre una y otra habían pasado pocas horas. Pero en esas horas se había perdido el control del relato.

Ese mismo día, en la tarde, Bosch se convertía en el denunciante de un fraude. La noche anterior había podido ser el conductor de una victoria en formación.

Ese es el núcleo de la historia.

Carter

Jimmy Carter

El informe del expresidente Jimmy Carter  y su grupo de observadores se ha convertido, con el paso de los años, en la referencia obligada para interpretar aquellas elecciones.

Ese informe reconoce irregularidades, problemas técnicos, desorden en el conteo, errores en actas y procedimientos.

Pero concluye que no encontró evidencia concluyente de un fraude capaz de cambiar el resultado final.

Ese informe es importante. Pero no es completo.

Porque observa el proceso, no el momento. Examina las pruebas, no las decisiones. Mide el conteo, no la oportunidad.

La elección de 1990 fue cerrada, tensa, llena de dudas.

Los primeros boletines mostraban variaciones estrechas.

La percepción de triunfo existía dentro del PLD. Pero la política no se define solo en los números. Se define en la capacidad de convertir esos números —o esa percepción— en un hecho político visible.

Y eso no ocurrió.

Los días siguientes confirmaron la deriva.

Carter intervino para evitar una crisis mayor, promovió el cotejo de actas, pidió prudencia, contuvo la confrontación.

La Junta continuó publicando boletines. El resultado oficial terminó favoreciendo a Balaguer por un margen estrecho. Y la historia institucional siguió su curso.

Pero la historia política ya había sido decidida antes.

Jpm-am

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