POR CARLOS SALCEDO
Vivimos en un tiempo donde todo suena y nada dice. Una época en la que la intensidad ha sustituido al sentido, y la actividad, a la verdad.
Byung-Chul Han ha advertido que la saturación no comunica, disuelve. El ruido no aproxima, fragmenta. Lo cierto es que hemos desplazado el silencio -condición de posibilidad del significado- por una hiperactividad que agota, pero no revela. Y en ese desplazamiento no solo hemos perdido la pausa, sino el centro.
Bauman, por su parte, describe el escenario, el que está caracterizado por una modernidad sin consistencia, donde todo fluye y nada permanece, donde los principios se vuelven negociables y las convicciones, intercambiables. No es solo un mundo acelerado; es un mundo desfundamentado.
De ahí emerge la prisa como forma de vida. No como necesidad, sino como sistema. Un orden que confunde movimiento con dirección, acumulación con plenitud, exposición con existencia. Se vive hacia afuera, en permanente dispersión, mientras lo esencial queda sin comparecer. La prisa no solo reduce el tiempo, lo vacía.
Frente a ese orden, la Semana Santa no es un paréntesis. Es una interrupción. Una irrupción que descoloca la lógica dominante y obliga a una pregunta que el mundo contemporáneo evita: ¿qué queda cuando todo se detiene? Porque detenerse, hoy, no es descanso. Es resistencia.
El silencio -ese que se ha vuelto inhabitable- deja de ser ausencia para revelarse como lugar, como el único espacio donde el ser humano puede reunificarse y enfrentar, sin intermediarios, la verdad de sí mismo.

Pero ese descenso no es meramente psicológico. Es ontológico. La interioridad, la reflexión y la apertura a lo trascendente no constituyen prácticas opcionales ni ejercicios de temporada. Son dimensiones estructurales del ser. Y en ese plano, la relación con el Altísimo no comparece como alternativa, sino como fundamento, como aquello sin lo cual la existencia se fragmenta y pierde sentido.
La tradición lo ha dicho con claridad. San Agustín, Santo Tomás, San Juan de la Cruz – y en clave contemporánea, von Balthasar – entendieron que el misterio pascual no es un episodio religioso, sino el eje mismo del sentido, es sacrificio, redención y victoria sobre la muerte como estructura de la realidad.
Incluso fuera del marco estrictamente teológico, Pascal, Spinoza y Plotino reconocen en la interioridad, el sufrimiento y la apertura a lo absoluto dimensiones constitutivas de lo humano.
En la cruz, esa comprensión alcanza su forma más radical. Lo que parece negación se revela como afirmación. Lo que parece pérdida, como fundamento. El dolor no destruye el sentido, lo expone. La entrega no debilita, instituye. Allí donde la lógica utilitaria declara fracaso, la fe identifica plenitud.
Por eso, la Semana Santa no aparta del mundo, lo ordena. Obliga a revisar -sin indulgencias- las renuncias silenciosas, los principios diluidos, las verdades sustituidas por comodidad. Porque el extravío más grave no es perderse, sino dejar de buscar; no es caer, sino dejar de preguntarse.
En medio del ruido convertido en norma y de la velocidad erigida en virtud, este tiempo se presenta como una decisión, no simbólica, real. A favor de la profundidad frente a la superficie. Del arraigo frente a la levedad. De lo permanente frente a lo efímero.
Porque cuando todo empuja hacia afuera, volver hacia dentro – pensar, meditar, callar, creer – no es un gesto espiritual. Es, en rigor, una forma de restitución. Allí donde el mundo se dispersa, rige todavía – como mandato originario – aquel principio inscrito en Delfos y asumido por Sócrates como punto de partida de toda verdad: conocerse a sí mismo. Y quizá, en ese retorno, se juega la última posibilidad de no extraviarse.
JPM
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