Erin McNulty llevaba semanas desaparecida cuando su madre, Linda, se sentó en una silla del salón, agotada. Linda había cumplido su habitual semana laboral de siete días en la tienda de antigüedades que dirige cerca de Burlington, en Vermont, EE UU. Había pasado sus tardes libres conduciendo de un lado a otro, intentando localizar a su hija. Erin, que en aquel momento tenía 45 años, llevaba mucho tiempo consumiendo metanfetamina.
Su consumo de drogas comenzó en el instituto: primero alcohol, luego marihuana y, finalmente, heroína. Su hermano también consumía heroína. Cuando la madre se enteró, empezó a llevar a sus hijos a una clínica de metadona situada a tres horas de distancia, en Massachusetts. La metadona ayudaba, pero hacía que Erin estuviera cansada todo el tiempo, así que empezó a consumir cocaína para mantenerse despierta.
Hubo períodos de sobriedad. Erin tuvo a su hija durante uno de ellos, en 2008. La familia hacía excursiones al parque acuático Great Escape, en Nueva York, y a Hampton Beach, en New Hampshire. También hubo varias sobredosis e intentos de rehabilitación. Al final, Erin pasó a tomar suboxone y dejó de consumir heroína. Pero cuando una amiga le presentó la metanfetamina, cuenta Linda, “Erin se perdió por completo”.
Una esperanza en el ultrasonido
Un día, a principios de 2024, Linda encendió la televisión. Estaba cambiando de canal cuando un reportaje de 60 Minutes le llamó la atención. El programa se centraba en un procedimiento que podría ayudar a las personas con trastornos por consumo de sustancias. Linda pensó inmediatamente en su hija. El método consistía en aplicar ultrasonidos a través del cráneo para tratar el cerebro. Investigadores de la Universidad de Virginia Occidental (WVU) lo estaban probando en personas con la enfermedad de Alzheimer y adicciones.
El neurocirujano responsable del procedimiento, Ali Rezai, fue un pionero en el campo de la estimulación cerebral profunda. Esta consiste en realizar una incisión en el cráneo para implantar electrodos que puedan llegar a las neuronas situadas en lo más profundo del cerebro. A Rezai le entusiasmaba la capacidad del ultrasonido (la herramienta de diagnóstico por imagen conocida por observar el desarrollo fetal durante el embarazo) para llegar a las mismas estructuras cerebrales sin perforar la piel. No habría que taladrar el cráneo, ni hurgar ni pinchar el delicado tejido cerebral. El tratamiento con ultrasonido podía realizarse en 20 minutos, y los pacientes volverían a casa el mismo día.
Linda no podía creer lo que estaba viendo en la tele. Llamó a gritos a su nieta ya adolescente, la hija de Erin, para que viniera a verlo. “Mira a este médico”, le dijo. “¡Está curando a la gente!”. No importaba que el ensayo se llevara a cabo a cerca de mil kilómetros de distancia. Iba a llevar a Erin a Virginia Occidental. Pero primero tenía que encontrarla.
Rezai nació en Irán, creció en Los Ángeles y completó su formación en neurocirugía en Nueva York. Nunca esperó acabar en Virginia Occidental. “Mis colegas me advirtieron: ‘Es un suicidio profesional”, recuerda. Pero Rezai vio la oportunidad de desarrollar nuevos tratamientos en el epicentro de la crisis de adicciones de EE UU. Casi 45 millones de estadounidenses cumplen los criterios de un trastorno por consumo de sustancias y, aunque las muertes por sobredosis en EE UU llevan tres años disminuyendo, en 2025 se registraron casi 70,000 fallecimientos de este tipo. Virginia Occidental tiene la tasa más alta de muertes por sobredosis del país en relación con su población, más del doble de la media nacional.

