Apenas comenzó la campaña de bombardeos de la fuerza aérea estadounidense contra Irán, y España dejó clara su negativa de permitir el uso de sus bases militares por Donald Trump, una postura que podría llevarla a un aislamiento geoeconómico y político estratégico de alto costo.
Quienes hemos estudiado la psicología política con la que opera Donald Trump sabemos que el anuncio de sanciones es solo cuestión de tiempo; lo que ayer parecía una advertencia comienza a perfilarse cómo posibilidad.
En las relaciones de países débiles con potencias mundiales hay que recordar lo que una vez Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía, curtido en innumerables batallas políticas, expresó con crudeza: “Si no actuamos con astucia, nos enviarán de vuelta a la Edad de Piedra”, una sentencia que, trasladada al contexto actual español, adquiere resonancia inquietante.
Detrás de fotografías oficiales en cumbres internacionales late una realidad que muchos prefieren pasar por alto; y es que en el tablero de las grandes potencias no existen aliados permanentes, sino activos estratégicos en función de su utilidad. Y en ese juego, la percepción de debilidad o desacato rara vez queda sin consecuencias.
Por tanto España se encamina a un precipicio por la falta de realismo político de su cúpula.
El poder norteamericano posee una lógica binaria y profundamente pragmática que no admite matices. Para Washington, la lealtad se demuestra con acceso total y alineación militar sin excusas.

El jefe del gobierno español Pedro Sánchez parece no haber descifrado el código que rige la política exterior estadounidense. Negar territorio español para operaciones contra Irán se interpreta como enemistad.
En los despachos del Pentágono y del Departamento de Estado las soberanías nacionales son estorbos frente a los planes geoestratégicos de Washington.
Confrontación inminente
El choque entre Madrid y la Casa Blanca dejará de ser discurso para convertirse en confrontación inminente.
Las Bases de Rota y Morón de la Frontera son el corazón de esta discordia geográfica y militar. No son simples alquileres de suelo, sino piezas maestras del despliegue de fuerza hacia Oriente Medio. Al España bloquear el apoyo logístico, el castigo será inmediato, ya que Washington reorientará sus recursos con aliados más dóciles cómo Marruecos; quien observa desde el otro lado del Estrecho, consciente del posible desmantelamiento de España.
Cuando el pie de Washington presione el cuello de la economía española, el aire empezará a escasear. No será una invasión física, sino una asfixia financiera que golpeará los sectores más dinámicos: la tecnología, los flujos de capitales y el acceso a mercados, del cuál depende la confianza. Si se rompe, España enfrentará cierres y despidos masivos en empresas. Se desmoronara ante la falta de apoyo del gendarme global.
La sensación de seguridad económica se disolverá. Y la “Edad Media” caminará hacia España, no será sueño, sino pesadilla por la precariedad y el aislamiento. Una nación que pierde el favor militar y diplomático de Washington retrocede en sus aspiraciones.
En España veremos la pobreza aflorar en ciudades antes tecnológicas. La falta de inversión transformará infraestructuras modernas en reliquias. Los servicios básicos se deteriorarán, mientras el presupuesto público intentará apagar los incendios sociales.
El sector agrícola español estará dentro de los primeros en sufrir aranceles y bloqueos que hundirán la producción andaluza y murciana en meses. Sin acceso a mercados clave, las frutas se quedarán en los árboles, y las flotas pesqueras sin combustible, los motores productivos históricos de regiones enteras, enfrentarán quiebras.
La dependencia de rutas comerciales seguras serán pesadillas ya que el “aliado” decidió mirar a otro lado. El campo dejará de ser una bujía exportadora para convertirse en lugar de penuria.
Marruecos se perfilara como la herramienta de presión. Al fortalecer a Rabat, Washington envía un mensaje sobre su socio preferente. España deberá desviar recursos de sanidad y educación a defensa vulnerable. La pinza geopolítica se cierra sobre el Estrecho, dejando a Madrid débil territorialmente. Cada desplante hacia los planes sobre Irán se cobrará con concesiones al reino alauita.
La seguridad nacional, para España será un lujo casi imposible de costear.
La Inteligencia y la ciberseguridad sufrirán un apagón, devolviendo al país a la oscuridad informativa de siglos pasados. Sin compartir datos con la red norteamericana, España caminará a ciegas. Podría quedar excluida de protocolos de defensa ante amenazas globales de hackers.
Sin esa protección, el país será blanco fácil de desestabilizaciones externas o internas.
La vulnerabilidad tecnológica será síntoma de su caída. España será un consumidor pasivo, sin capacidad de proteger activos digitales o físicos.
La clase media también sufrirá. El euro no la protegerá de un aislamiento dictado por Estados Unidos.
La energía se volverá escasa y costosa, encareciendo la vida hasta niveles distópicos.
Las familias deberán elegir entre calentar hogares o comprar alimentos. Aparecerán locales vacíos y rostros cansados marcarán el paisaje urbano.
El bienestar comprado con lealtad militar se evaporará al retirar EU la contribución a esa protección.
La soberanía es bella en los libros de derecho, amarga en la realpolitik. España juega ajedrez con reglas de parchís frente a un rival que no acepta empates.
La terquedad de la administración Sánchez será pagada por generaciones futuras con pérdida de peso internacional.
No se puede ser centro logístico de la OTAN y objetor de conciencia de Washington, que no tolera medias tintas ante objetivos militares.
El final de la guerra en Irán marcaría el inicio del declive para España, por su ignorancia en manejar la política exterior.
El imperio pasará factura a quienes no estuvieron a la altura. España aparecerá como un socio poco fiable, mantenido a distancia. Esa distancia se medirá en la falta de contratos, retiro de bases y silencio diplomático.
El país quedará solo en un Mediterráneo cada vez más complejo y agresivo. La soledad internacional es preludio de miseria económica y olvido histórico.
La advertencia de Erdoğan resuena con fuerza en Moncloa. Las fotos sonrientes, ayer con Biden o con funcionarios de Trump son decorados, el pie ya busca la garganta de una nación que se cree intocable.
La historia castiga a quienes olvidan las leyes de la fuerza y la geografía.
España camina dormida hacia un túnel que la llevará a una realidad medieval y oscura. El despertar será brusco, doloroso y demasiado tarde para rectificar.
En conclusión, el destino de España depende de comprender la “forma cuadrada” del poder norteamericano. La negativa a colaborar en la campaña contra Irán detonará su desgracia financiera y social.
La pobreza será el rostro cotidiano de una nación que no valoró su posición estratégica. Terminada la guerra, el castigo será frío y contundente. Cambiará su modo de vida para siempre.
Bienvenidos a la Edad Media: allí terminan los países que confunden deseos con realidad.
La soberanía sin fuerza no existe.
jpm-am
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