A solo diez kilómetros al norte de Ciudad de Guatemala, el río Las Vacas revela un panorama nauseabundo. Un afluente que arrastra basura sin control. Miles de toneladas de plástico, ropa, químicos industriales e, incluso, cadáveres de animales transitan cada año por esta arteria fluvial.
De acuerdo con la hidroeléctrica Las Vacas, que opera en el río, el 60% de la basura que producen los más de tres millones de guatemaltecos capitalinos termina a la postre en el caudaloso río Motagua, para desembocar en el golfo de Honduras, a instancias del mar Caribe.
El dramático panorama de las «islas de basura» en Centroamérica
En 2017, el problema de la contaminación que produce Guatemala se volvió viral. Caroline Power, una fotógrafa submarina estadounidense que se encontraba buceando en la bahía hondureña, se topó con una enorme masa de botellas, tenedores y cucharas de plástico, por lo que publicó un post denominado ‘Islas de basura’.
Los focos de organizaciones ambientalistas se encendieron sobre Guatemala. Desde 2020 a 2022, Honduras elevó fuertes reclamos diplomáticos por la basura que llegaba a las playas de la bahía de Omoa y exigió a su vecino medidas urgentes; una disputa que terminó amenazando con convertirse en un litigio internacional, pero que finalmente se resolvió en 2023, mediante cooperación entre los dos países.
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En parte, uno de los alivios indirectos a la crisis se logró por cuenta de la ONG internacional The Ocean Cleanup, encausada en la limpieza de los ríos más contaminantes de los océanos del mundo. Esta ONG estimó en 2022 que Guatemala expulsaba al Atlántico 20.000 toneladas de plásticos, lo que corresponde a un 2 % de los plásticos fluviales que flotan en los océanos del planeta.
Desde entonces, The Ocean Cleanup ha instalado dos grandes interceptores: uno en el río Las Vacas y otro en el río Motagua, con el fin de frenar la basura proveniente de Ciudad de Guatemala y de diversos municipios y basureros clandestinos.
Con palas excavadoras, tractomulas y aliados para la transformación de desechos, la ONG pudo extraer cerca de 12.000 toneladas de basura en 2025, de acuerdo con cifras de Barbara Manon, la gerente de negocios de la organización en Guatemala.
Una de las explicaciones a este grave problema ambiental surge de la ley guatemalteca, en la cual las 340 municipalidades del país son las que tienen potestad en la recolección de sus desechos.
Entrevistado por France 24 en Español, el ministro de Ambiente de Guatemala, Edwin Castellanos, afirma: “El tema de la basura ha sido olvidado y abandonado por décadas, y básicamente no ha habido un sistema apropiado para manejar toda esta basura, y ahí es muy poco lo que podemos hacer, más que multar a la municipalidad por operar un vertedero sin licencia, pero eso no implica que la municipalidad vaya a hacer algo para corregir el problema”.
De acuerdo con un informe de su cartera publicado en julio de 2026, el país centroamericano solo recolecta un 42% de las 9.840 toneladas que genera a diario; el resto se presume que termina en ríos, lagos y barrancos. Un panorama que ubica a Guatemala muy por debajo del promedio de la región de América Latina y el Caribe, que, según cifras del Banco Mundial, recolecta un estimado del 86 % de sus residuos.
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Chile busca opciones ante unos rellenos sanitarios bajo presión
Además de la situación crítica en Centroamérica, hay otros casos desafiantes en la región. Como ejemplo, según cifras del Ministerio del Medio Ambiente, en Chile se generan 19,6 millones de toneladas de residuos al año. Además, varias oenegés medioambientales alertan que esta nación es la que produce más basura por persona en Suramérica, con un promedio de 1,13 a 1,25 kg de residuos al día por habitante.
Los casos de Chile y de Guatemala, no obstante, no solo se diferencian en la cantidad de basura que producen, sino en lo que ocurre después de que el camión se la lleva.
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Mientras en Guatemala apenas se recoge el 42% de los residuos generados, Santiago de Chile aparece entre las ciudades latinoamericanas con cobertura completa de recolección, con un 97,7% según la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo (SUBDERE).
A pesar del alto índice de recolección, el problema en Chile, de acuerdo con la ONG Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI), es que los rellenos sanitarios, que continúan siendo el principal sistema para la disposición final de residuos domiciliarios, enfrentan una presión cada vez mayor.
Esa situación se extiende a otros países. Según la ONU, cada latinoamericano en promedio genera al menos un kilo de basura al día y la región en su conjunto, unas 541.000 toneladas, lo que representa alrededor de un 10% de la basura mundial. Y, justamente, una parte importante de la gestión de residuos urbanos es a través de los rellenos sanitarios, cada vez más abarrotados.
«La generación de residuos en Chile sigue aumentando y presiona el sistema de disposición final. Entre 2015 y 2021 crecieron cerca de un 25%, superando 9 millones de toneladas anuales, sobrecargando rellenos sanitarios diseñados para operar con volúmenes considerablemente menores», señala el CPI en un informe de marzo pasado.
En respuesta, Chile diseñó otro sistema para que una parte de los residuos no termine simplemente compactada y enterrada. En 2016 entró en vigor la Ley de Responsabilidad Extendida del Productor (REP), que obliga a los fabricantes e importadores de determinados productos a organizar y financiar la gestión de sus propios residuos cuando llegan al final de su vida útil.
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El sistema comenzó con productos de automóviles, como neumáticos y aceites lubricantes, o de artefactos electrónicos como pilas y baterías, entre muchos otros. Los productores, desde entonces, han tenido que cumplir con metas de recolección, para luego financiar sistemas de gestión encargados de recuperar esos materiales.
La legislación chilena también incorpora a los recicladores de base como gestores reconocidos dentro del sistema y permite que los municipios trabajen con ellos en la recolección y recuperación de residuos, muy diferente al caso de Guatemala, donde miles de recicladores operan en los más de 2.300 basureros clandestinos que contabiliza el país centroamericano.
La apuesta chilena no significa que el país haya dejado atrás los vertederos o los rellenos sanitarios. De hecho, el propio Ministerio de Medio Ambiente reconoce que la disposición final sigue siendo una parte importante de la gestión y plantea como objetivo reducir progresivamente la cantidad de residuos que terminan allí.
Pero existe una diferencia fundamental con Guatemala: la basura que se recoge tiene muchas más posibilidades de entrar en un sistema regulado de tratamiento, recuperación o disposición final, en lugar de terminar abandonada en barrancos, ríos o vertederos sin control.
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Haití: la grave crisis de la recolección de basuras
Si Chile busca potenciar una infraestructura capaz de recoger y encauzar los residuos, Haití representa una realidad bastante más frágil, con una tasa de recolección que escasamente alcanza el 37%.
En Puerto Príncipe, la capital del país, la basura puede convertirse en un problema antes de incluso llegar a un vertedero. La zona metropolitana, azotada por la violencia de las pandillas, genera alrededor de 2.450 toneladas de residuos sólidos cada día y, según Naciones Unidas, solo una parte es recogida regularmente. Lo que se recoge, termina en el vertedero Truitier, que no posee contenciones ambientales y colinda directamente con el mar, afectando el ecosistema marino.
Un caso similar ocurre en Cabo Haitiano, la segunda ciudad del país, donde la basura forma parte del paisaje. Durante una visita reciente de France 24 a la ciudad, era visible que los desechos estaban acumulados sin discreción, a lo largo de cerca de 5 kilómetros de costa, desdibujando las playas que alguna vez fueron paradisíacas. En algunos barrios, la ausencia de una recolección regular hace que los propios habitantes terminen quemando la basura y emitiendo gases contaminantes para los vecinos.
El problema tiene una dimensión sanitaria. La basura por sí sola no permite atribuir un brote de una enfermedad, pero su acumulación, cuando se combina con agua contaminada y sistemas deficientes de saneamiento, aumenta las condiciones que favorecen la transmisión de enfermedades infecciosas.
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Haití conoce bien ese riesgo. El país sufrió una de las mayores epidemias de cólera de las últimas décadas: entre octubre de 2010 y febrero de 2019 se notificaron unos 820.000 casos y 9.792 muertes. Después de más de tres años sin casos confirmados, la enfermedad reapareció en 2022. El cólera continúa siendo una amenaza. Según la Organización Mundial de la Salud, entre enero y julio de 2026, Haití notificó más de 700 casos confirmados y dos muertes por la enfermedad.
Dado el panorama latinoamericano, donde ciudades enteras conviven con montañas de basura y servicios intermitentes, queda claro que el desafío regional no termina cuando se genera un residuo.
Dependiendo de la ciudad, la basura puede terminar enterrada, quemada, reciclada, convertida en compost, acumulada en un barranco o viajando por un río hasta el Caribe. Lo que ocurre después depende de la capacidad y voluntad de cada país para legislar, financiar y controlar todo el ciclo.
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