
El impulso de fomentar la participación se extiende a los propios usuarios: West notó, por ejemplo, que cuando releyó recientemente uno de sus libros favoritos, Gilead de Marilynne Robinson, le rondaba la idea de que, si bien disfrutaba volviendo a la novela por cuarta o quinta vez, no podría contabilizarla en sus estadísticas anuales de Goodreads. West destaca que esta obsesión con las validaciones vacías de internet crea “las condiciones exactas para que algo que no es humano llene ese espacio”.
Matar al monstruo
¿No sería liberador, entonces, negar de hecho nuestra atención a la indignación artificial, a la viralidad manipulada y a los contenidos patrocinados de los influencers? ¿Dejar que las economías digitales dominantes, sustentadas por la vigilancia basada en la inteligencia artificial, caigan por fin en ruinas? Si lo que los titanes del sector tienen que ofrecernos hoy en día son «lentes para pervertidos» y la supresión de anuncios de un documental que no le gustó a Musk, ¿por qué les ayudamos a mantenerse a flote? Dejar que sus plataformas mueran podría ser el último resquicio de poder del que disponen las masas.
De esta forma, se podría dar libertad a la gente para explorar rincones olvidados. West señala que algunas de las partes más interesantes de internet son las que nadie ve, como los portales web que llevan a videos de YouTube con muy pocas visualizaciones. “Algunas son realmente extrañas e inquietantes, pero muchas son simplemente personas cantando y pasándola bien”, describe. West también cita la intensa circulación, sin fines de lucro, de poesía en revistas web, como prueba de que “se puede encontrar y crear significado en línea constantemente”, siempre que no haya una motivación económica.
Cuando eliminas aquello en lo que las plataformas quieren que te centres, queda claro lo que te has estado perdiendo y cómo te han alejado de ello. Tus opiniones se forman en una burbuja por avatares que nunca has conocido, utilizados como arma contra bandos rivales igualmente herméticos. Internet no tiene ganadores, a menos que contemos a los pocos que carecen del sentido común para dejar de perseguir la relevancia a cualquier precio. Por eso los personajes principales son tan maleables en sus creencias; nunca temen cambiar de rumbo, traicionar y desechar lo que alguna vez consideraron la esencia de su identidad. Y eso cuando defendían algo en primer lugar.
Salvo una interrupción repentina y prolongada provocada por una catástrofe grave, internet, tal como lo conocemos, no desaparecerá pronto. Sin embargo, existen fisuras en su estructura que podrían dar cabida a formas de vida emergentes y extrañamente evolucionadas. No hay razón para suponer que el imperio tecnológico actual dominará el siglo venidero; la web orgánica y anárquica está preparada para un renacimiento triunfal cuando caiga.
“Miren, internet se está pudriendo”, sentencia West. “La pregunta es: ¿dónde vamos a invertir nuestra energía?”. Una metáfora que usa con frecuencia en su libro es el compost. “El compost no es más que descomposición aprovechada para un propósito”, explica. ¿Puede un internet en decadencia servir de fertilizante para algo mejor? Es una idea optimista, pero hablando como alguien que fracasa perennemente en el compostaje (es demasiado asqueroso y soy demasiado perezoso), dudo que se pueda movilizar a suficientes jardineros resistentes y pacientes para que nuestro paisaje digital vuelva a florecer.
Pero, como el libro de West intentó recordarme, yo también estoy destinado a morir. Quizás me mezcle con la tierra.
Artículo originalmente publicado en WIRED.com. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.
