Irán jugó con fuego durante 40 años… y ahora arde

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EL AUTOR es contador publico autorizado. Reside en Nueva York

Se acabó el teatro… Durante décadas, el régimen surgido de la Revolución Islámica de 1979, encabezado en sus orígenes por Ruhollah Khomeini, no solo adoptó una postura crítica frente a Israel: construyó una narrativa sostenida en la confrontación abierta, incluyendo amenazas reiteradas de borrar al Estado israelí del mapa. No se trataba de frases aisladas para consumo interno o externo, sino de expresiones que reflejan una línea ideológica persistente dentro de la política exterior iraní.

Con el paso del tiempo, esa retórica se tradujo en acción

Irán desarrolló una estrategia basada en la proyección de poder a través de actores no estatales. En lugar de enfrentarse directamente, optó por fortalecer redes regionales como Hezbollah en Líbano y Hamas en los territorios palestinos. A través de financiamiento, suministro de armamento y entrenamiento, estas organizaciones se convirtieron en piezas clave de una arquitectura de presión constante contra Israel.

Durante años, esta dinámica permitió mantener una guerra de baja intensidad, indirecta, fragmentada en múltiples frentes. Un conflicto prolongado en el tiempo, pero cuidadosamente contenido dentro de ciertos márgenes. Irán podía ejercer influencia y hostilidad sin asumir plenamente las consecuencias de una confrontación directa.

Esa lógica, sin embargo, comenzó a erosionarse

El ataque del 7 de octubre, ejecutado por Hamas, marcó un punto de inflexión. Más allá de las interpretaciones sobre el grado de participación directa, lo cierto es que este tipo de operaciones no puede entenderse sin el entramado de apoyo que durante años ha sostenido a estas organizaciones. No es un episodio aislado, sino el resultado acumulado de una estrategia prolongada.

Hoy, en abril de 2026, el conflicto ha entrado en una fase distinta. La confrontación ya no se limita a canales indirectos o a escenarios periféricos. Se ha intensificado y ampliado, incorporando actores estatales de mayor peso. La participación de Estados Unidos en apoyo a Israel refleja la magnitud que ha alcanzado la crisis y la percepción de que el equilibrio regional se encuentra bajo una presión sin precedentes.

Irán, por su parte, enfrenta ahora las consecuencias de una política sostenida durante más de cuatro décadas. Apostó por una estrategia de desgaste, por el uso de intermediarios y por la acumulación progresiva de influencia militar y política en distintos escenarios. Esa apuesta le permitió proyectar poder sin exponerse completamente durante años. Pero también sembró las condiciones para una escalada que, llegado cierto punto, era difícil de contener.

Amenazas reiteradas

Las amenazas reiteradas contra Israel, lejos de quedar en el plano discursivo, forman parte del contexto en el que se ha desarrollado este conflicto. Ignorarlas o minimizarlas impide comprender la profundidad histórica de la tensión actual.

Lo que hoy se observa no es una crisis repentina, sino la manifestación visible de un proceso largo, complejo y acumulativo. Una dinámica que ha transitado desde la confrontación indirecta hacia un escenario más abierto, más incierto y potencialmente más peligroso.

En ese sentido, el momento actual no puede analizarse como un hecho aislado, sino como el resultado de una trayectoria estratégica que, tras décadas de desarrollo, finalmente ha llegado a un punto crítico.

JPM

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