«No es nuestra guerra»: la historia de las cuatro palestinas víctimas de un misil iraní en Cisjordania

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«¡Haced espacio para el cuarto cuerpo!».

Decenas de hombres se agolpan sobre el agujero de una tumba de cemento, por el que van introduciendo los cadáveres de tres mujeres, envueltos con mantas. Tres de cuatro queridas vecinas de Beit Awwa, que fuera de este pueblo de 20.000 habitantes representan las primeras víctimas palestinas, de Cisjordania, por un misil iraní.

Se llamaban Sahera (37 años), Amal (29) y Mais (22). La cuarta, Asil (32), había sido trasladada al hospital con un hilo de vida. Era ese cuarto cuerpo que el nicho esperaba no recibir.

Amal y Asil estaban embarazadas, la primera de seis meses. Todas tenían el apellido Masalma –uno de los dos únicos clanes familiares de Beit Awwa– y eran, además de parientes, amigas. Habían ido al salón de belleza de Sahera, una caravana estrecha pero bien equipada y con sillones, para maquillarse y hacerse las uñas.

En total eran nueve siguiendo la tradición femenina de acicalarse para la festividad islámica del Eid al-Fitr.

«Estábamos sentadas, felices y riendo, y disfrutando de nuestro momento», rememora Tala, superviviente de 17 años.

En el centro, el hermano de Sahera, dueña del salón en el que murieron cuatro palestinas, víctimas de la guerra Israel-Irán.
En el centro, el hermano de Sahera, dueña del salón en el que murieron cuatro palestinas, víctimas de la guerra Israel-Irán. © Janira Gómez Muñoz

«Oímos las sirenas (de un asentamiento judío) y un ruido que causó un temblor –continúa–. Me asusté y salí de la caravana. De pronto, algo cayó, nos quemó, y el lugar se llenó de gritos; las chicas recitaban la Shahada (la profesión de fe musulmana) y todo se tornó en pesadilla».

Recuerda que, en un abrir y cerrar de ojos, Hadeel –la cuñada de Sahera y copropietaria– le aseguró que le iba a hacer el mejor diseño. La pequeña de Amal, de apenas tres años, se debatía entre recomendarle que escogiera el color rosa o el verde. Y, acto seguido, las tres sobrevivieron a la explosión de una de las submuniciones del misil de racimo iraní.

El destino quiso que Tala saliera, que la puerta de la caravana se atascara y que Hadeel fuese a ayudarla. La pequeña, en el interior, se llevó la peor parte.

«La escena era aterradora, no se puede describir», añade con lágrimas Tala, mientras aún resuena en sus oídos el estallido.

Le ha perjudicado temporalmente la audición y tiene puntos de sutura en la oreja izquierda, en el cuello y en cada una de las piernas.

«No es nuestra guerra, pero nos ha sido impuesta»

La caseta-salón de Sahera, hecha de una débil estructura de hojalata, revela la cantidad de metralla que impactó en las jóvenes, y junto a ella permanece el cráter.

No tiene más de un metro de diámetro, pero ha ahondado el miedo en la localidad.

Un niño observa el salón-caravana de Sahera Masalma, una de las cuatro palestinas muertas por un misil de racimo iraní.
Un niño observa el salón-caravana de Sahera Masalma, una de las cuatro palestinas muertas por un misil de racimo iraní. © Janira Gómez Muñoz

«Fue una noche muy dura para el pueblo», lamenta un joven que fue de los primeros en socorrerlas y atestiguó la escena de sangre.

Beit Awwa roza parte del muro con el que Israel encierra Cisjordania. Dentro, sufre el asentamiento ilegal de Negohot y, al otro lado del hormigón, se ubica el moshav de Shekef.

Como todo el territorio palestino, es vulnerable a los lanzamientos contra Israel –por cercanía a sus asentamientos y bases militares–; oye a lo lejos las sirenas de las colonias; y, en su caso, recibe las estridentes alertas en los teléfonos porque los vecinos usan sim israelíes.

Sin embargo, carece, como toda Cisjordania, de refugios antiaéreos.

Ergo, corre el peligro de caídas de misiles, de sus fragmentos o de los propios interceptores israelíes.

Ya pasó en una guerra menor, en octubre de 2024: un gazatí murió en Jericó al caerle encima metralla. Y esta guerra tiene un nuevo elemento: las bombas que dejan caer decenas de submuniciones.

Si antes los vecinos se paraban a mirar la estela de proyectiles y a grabar su trayectoria, ahora las alarmas despiertan inquietud.

Es lo que pasa cuando se activan durante el funeral y el rezo masculino por las cuatro «mártires» –cuyos rostros se han difundido en redes, cuando a las mujeres se las reemplaza por una rosa en los carteles o solo se citan sus nombres–.

Frente al ‘boom’ de las interceptaciones, varios hacen el gesto de agachar la cabeza. Mahmoud Masalma, primo de Amal, asegura ante la escena que «ningún palestino teme a la muerte».

Vecinos de Beit Awwa rezan durante el entierro de las primeras palestinas de Cisjordania asesinadas por un misil iraní.
Vecinos de Beit Awwa rezan durante el entierro de las primeras palestinas de Cisjordania asesinadas por un misil iraní. © Janira Gómez Muñoz

Se ha formado un corrillo en el cementerio, y le interrumpe Anas, otro de los primos: «No esperábamos que algo así pasara aquí, no tenemos protección. Mientras haya ocupación [israelí], seremos objetivo de todos».

«Los misiles pasan por encima de nuestras cabezas, y la humillación y la represión [israelíes] la vivimos en la tierra», expresa el joven vecino bajo anonimato.

«No es nuestra guerra, pero nos ha sido impuesta. Siempre acabamos siendo las víctimas«, defiende Abdelrazik, de 32 años, y de la misma familia, en un tono más calmado: «Si tuviéramos habitaciones seguras… Es una pena. Creo que (los palestinos) deberíamos vigilar más y resguardarnos en los puntos más seguros de casa».

¿Es la directriz que se le ha dado al pueblo? Preguntamos a Yusef Sweiti, exalcalde y aspirante otra vez al cargo en las próximas elecciones locales de la Autoridad Nacional Palestina, que está sentado en el centro comunal donde los residentes pasan a dar el pésame.

Afirma que han vuelto a pedirles que no vayan a las azoteas y que se cubran si les pilla un ataque en la calle. Sin embargo, se resigna, «no tenemos lugares de protección, solo Dios». Sostiene que es caro comprar refugios y, de poder hacerlo, denuncia que «Israel (como potencia ocupante) jamás nos daría el permiso»: «Se necesitan permisos especiales para tener o construir refugios en la calle o en las casas»

Tristeza y resignación entre las mujeres de la familia Masalma, entre ellas Wayiha (de azul), ante la muerte de Sahera, Amal, Mais y Asil.
Tristeza y resignación entre las mujeres de la familia Masalma, entre ellas Wayiha (de azul), ante la muerte de Sahera, Amal, Mais y Asil. © Janira Gómez Muñoz

«Ella lo es todo para mí»

Sweiti habla desde el dolor, pero no le impide culpar de otro «sombrío Ramadán» a Israel por incendiar la región con otra de sus guerras. Y a Irán por añadir un riesgo más a Cisjordania.

Hoy, con áreas enteras enjauladas por vallas israelíes desde el 28 de febrero, so pretexto de esta ofensiva, y bajo las más terribles agresiones de colonos judíos armados.

En medio de la violencia, Sahera se había erigido anfitriona de los momentos dulces, sobre todo de bodas y fiestas. Llevaba dos años con su negocio Sahera & Hadeel nails, como cuenta su hermano Rida, de 20 años, rodeado de un séquito de mujeres que no temen expresar, a diferencia de los hombres, sus emociones.

«Estoy en shock. Antes sentía temor, pero tras lo que vi me cuesta permanecer en pie», admite Wayiha Masalma, matriarca de unos sesenta.

«Vi la luz de la explosión. Las ventanas estallaron y empecé a recitar la Shahada. No pude acercarme a la escena porque quienes lo hacían tenían sangre en las manos y estaba aterrada», añade, agitada, Wayiha.

El esqueleto de la caravana ha quedado entre su casa que hace a la vez de mercado, al que la «buena e increíble» Sahera iba como clienta, y la casa de la fallecida.

Ambas tienen ventanas rotas y algunos agujeros de metralla. Daños que son irrelevantes para su madre Hanam.

Hanam Masalma, madre de la fallecida Sahera, en su casa en Beit Awwa, Cisjordania ocupada.
Hanam Masalma, madre de la fallecida Sahera, en su casa en Beit Awwa, Cisjordania ocupada. © Janira Gómez Muñoz

«Ella es mi ángel, mi flor, mi amada hija. Lo es todo para mí», comparte con desgarro. «Vivía conmigo y nunca se ha separado de mi lado. Abrió el salón a pocos metros porque no le gusta estar fuera de casa. Lo construyó ella sola desde cero. Era su pasión. Quería desarrollarse profesionalmente y lo hizo, obtuvo su título. Y, ahora, la han enterrado junto con sus sueños«.

«Esta no es nuestra guerra, jamás imaginé que algo así le pasara a mi hermosa hija»

Sus susurros rebotan con fuerza en un diminuto comedor en el que las mujeres también oran por Amal, madre de dos; por Asil, a la espera de su primer bebé; y por Mais, que deja huérfano a su padre.

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