«Yo no sé dónde nací, no sé qué día nací tampoco. O sea, mi partida dice 18 de abril, que claramente no es la fecha real de mi nacimiento, porque mi mamá cuando fue secuestrada estaba embarazada de entre seis y siete meses. Ella fue secuestrada en noviembre, principios de noviembre (de 1977), así que creo que debo haber nacido entre enero y febrero de 1978. Pero no sé dónde, no sé nada», dice María Paula Inama Macedo en una sala de la Casa por la Identidad.
La Casa por la Identidad funciona en un edificio que pertenecía a la Escuela de Mecánica de la Armada, un predio militar ubicado en el extremo norte de la Ciudad de Buenos Aires, que durante la dictadura fue uno de los más grandes centros clandestinos de detención.
Hoy pertenece a la ONG Abuelas de Plaza de Mayo, dedicada a buscar a esos niños que fueron apropiados por familias que no eran las suyas.
Los espacios son enormes en la Casa por la Identidad, hay un eco persistente.
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Las fotos son las grandes protagonistas: fotos de desaparecidos, fotos de abuelas reclamando por la aparición de sus hijos y por conocer el destino de sus nietos, fotos de esos niños apropiados reencontrados con sus familias biológicas.
En una de las varias salas del lugar dedicadas a la memoria hay un enorme cuadro, con pequeñas fotografías en blanco y negro. Paula Inama señala a su mamá, Noemí Beatriz Macedo, y a su papá, Daniel Alfredo Inama. El parecido entre ambas es notable. Su mamá y su papá están desaparecidos desde noviembre de 1977.
Los dos eran militantes del Partido Comunista Marxista Leninista.

Sus abuelas biológicas fallecieron sin conocer a María Paula.
«A mí quienes me buscaron fueron mis dos hermanos», cuenta. Ramón, el mayor, que dio el ADN para intentar identificarla, y Paula, la segunda. Todos son hijos del mismo padre y diferentes madres.
Paula era el nombre favorito de su padre, cuenta. A su hermana tocaya se lo puso él, pero a ella se lo pusieron sus padres adoptivos. Una casualidad, pero una especialmente significativa.
La llegada de la verdad: «Quería que me dé positivo»
María Paula no esperaba enterarse de nada, no buscaba nada; la verdad la encontró a ella.
«El 24 de octubre del 2024 recibo un mail de Conadi (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad). Me decían que tenían información confidencial para mí, si podía comunicarme con ellos. Y ahí empezó todo, porque yo hasta ese momento nunca había pensado en nada, ni había sospechado de nada de todo esto que fue sucediendo después».
Luego tuvo una llamada en la que le explicaron que había personas que la buscaban y que había chances de que no fuera hija biológica de quienes eran sus padres. El próximo paso, para confirmar la sospecha, era que ella diera una muestra de ADN.
«Yo ya quería saber todo», dice. «Fui a Conadi, me mostraron todo lo que tenían, que habían investigado; y de ahí me fui al banco genético de la Nación a dar mi muestra de ADN».
«Quería que me dé positivo», confiesa.
Lo cuenta todo con una sorprendente naturalidad. «Sí, pero no, no es nada natural. Es… parece una película, digamos. Básicamente, es terrible, en realidad. Porque toda la vida que yo creía que era mi vida real, no sé cómo decírtelo, resultó que no, que nada era como yo creía. Y eso es… nada, un golpe terrible, ¿no?«.
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A la familia adoptiva que creyó biológica durante décadas llegó porque un hermano de su padre, subcomisario de la policía de la provincia de Buenos Aires, se la entregó. En esa familia tiene dos hermanos, con los que conserva una buena relación: «Me llevo re bien, somos muy unidos los tres, toda la vida fue así».
María Paula nunca sospechó que podía ser adoptada, «porque nunca sentí una diferencia, nunca hubo una diferencia» (…) Yo, la verdad que tuve una vida muy linda, o sea, feliz, me quisieron mucho, me cuidaron».
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Un nuevo rompecabezas de la identidad
En la Casa por la Identidad también se encuentra el Archivo Biográfico Familiar de Abuelas de Plaza de Mayo. Allí están preparando una carpeta con toda la información que han podido recolectar sobre la historia, sobre la familia de María Paula.
Daniela Drucaroff, coordinadora del Archivo, le muestra en la pantalla de una computadora un enorme árbol genealógico, que Paula compara con uno pequeño, hecho a mano, del que tiene una foto en su celular.
«Mirá, esta es la parte materna, pudimos reconstruir bastante», dice Daniela. «¡Ah, guau!», es la reacción de Paula. «¡Ah, bueno! Es gigante».

Siguen conversando, compartiendo información. «¡Ay, qué lindo! No me imaginaba», dice emocionada Paula.
Es un árbol que podrá compartir con sus dos hijos, un varón de 19 años y una nena de ocho, quienes también tienen que armar de nuevo el rompecabezas de su identidad.
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En 2025, cuando supo quién era de verdad, María Paula no festejó su cumpleaños.
Pero en 2026 sí lo festejó, lo hizo el 20 de enero, «que fue el día que me enteré, que me llamaron para darme la noticia del ADN positivo”.
«Es como que también lo tomé como un día de renacimiento».













