En términos agrícolas, sembrar significa enterrar una semilla o un tallo para que germine y produzca fruto en el lugar donde se cultiva. Es comparable al embarazo de una mujer, provocado por el semen del hombre, que finalmente culmina en un feto vivo y viable.
Después de la Revolución Islámica, el ayatolá Jomeini rompió relaciones con Israel, lo declaró un “régimen ilegítimo” y convirtió su rechazo en doctrina oficial del Estado. Irán siempre ha manifestado su deseo de hacer desaparecer al Estado de Israel. Ambos países han evitado un choque directo, pero han librado una guerra indirecta a través de las milicias aliadas de Irán: Hezbolá en Líbano, grupos chiíes en Siria e Irak, Hamás y los hutíes. Israel acusa a Irán de financiarlos y armarlos.
Donald Trump, en su afán imperialista de querer retornar a la época de la II Guerra Mundial, siembra la semilla que germina en una crisis mundial al bombardear a la República Islámica de Irán. Trump ofreció múltiples y cambiantes justificaciones para los ataques. Entre ellas, la principal fue la acusación de que Irán estaba enriqueciendo uranio para fabricar una bomba atómica. Esto lo colocaría como una potencia nuclear más, capaz de disuadir a las demás y exigir el mismo respeto que ellas.

Washington, productor histórico de grandes crisis, en esta ocasión ha cosechado una guerra que le ha salido muy mal. Las consecuencias del conflicto han sido devastadoras y de alcance regional: miles de muertos, desplazamientos masivos, cierre de rutas estratégicas, extensión de la guerra a varios países y un riesgo real de desestabilización global.
El profesor John Mearsheimer, quien fuera un ferviente promotor intelectual de Donald Trump, afirmó: “No estamos ganando contra Irán. No vamos a ganar. Estamos enviando el mensaje de que somos un grupo de tontos. Que empezamos una guerra que no podemos ganar. No teníamos las fuerzas militares necesarias para lograr ninguno de los objetivos que estábamos planteando, y no teníamos ningún plan”.
A tenor de esto, Trump reconoce que “Irán es una nación de… gran poder… poder tremendo”. “Nadie esperaba que atacaran los Estados del Golfo. Nos quedamos impactados”. De ahí que Estados Unidos esté agotando rápidamente las herramientas para absorber el choque petrolero provocado por el cierre del estrecho de Ormuz, consecuencia de la guerra contra los iraníes. Por ello, Donald Trump pidió a sus aliados que enviaran barcos al estrecho para proteger los buques mercantes y desbloquear el suministro mundial de petróleo.
Trump publicó en Truth Social un mensaje en el que instaba al Reino Unido, China, Francia, Japón, Corea del Sur y otras naciones a enviar barcos al estrecho para unirse a un “esfuerzo conjunto” para abrir la vía. La respuesta ha sido directa: “Esta no es nuestra guerra”. Reino Unido, Alemania y otros países rechazan involucrarse en el conflicto contra Irán, pese a las advertencias de Trump sobre la OTAN. Como quien dice: “Tú la sembraste; recoge tu cosecha”.
El mundo observa, no con miedo, sino con cansancio. Porque ya sabemos cómo terminan estas historias: los imperios juegan, los pueblos pagan, y la historia, implacable, vuelve a recordarnos que ninguna semilla de violencia germina en paz.
José Manuel Jerez sobre la geopolítica de la guerra en medio oriente dijo:La conclusión es clara. “Lo acontecido hasta hoy entre EE. UU., Irán y el resto del mundo muestra que el verdadero salto de la crisis no reside únicamente en la intensidad de los ataques, sino en la tentativa estadounidense de convertir el conflicto en un examen de alineamientos internacionales.»
Al final, la historia no absuelve a quien siembra sin medir la tierra. Washington creyó que podía enterrar una semilla de fuego en suelo ajeno y que otros cargarán con la cosecha. Pero la geopolítica, como la agricultura, tiene sus leyes: cada quien recoge exactamente lo que planta.
Y hoy, mientras el estrecho de Ormuz se cierra, los aliados se apartan y el mundo se sacude, la cosecha vuelve —inevitable, amarga, y propia— a las manos de quien la sembró.
jpm-am
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