El tipo de crianza al que está expuesta una persona durante los primeros años de vida podría relacionarse con una mejor salud mental en la edad adulta. Una nueva investigación encontró que las experiencias durante la etapa preescolar están vinculadas con la manera en que el cerebro procesa las recompensas, un aspecto considerado entre los indicadores neuronales asociados con la capacidad de disfrutar y con trastornos mentales como la depresión.
Kaylin Hill, científica del Departamento de Psicología de Notre Dame y autora del trabajo, aseguró que “este estudio es realmente el primero de su tipo que mide qué experiencias de la primera infancia se asocian con el procesamiento de la recompensa desde la niñez hasta la adolescencia tardía o la adultez temprana”.
La literatura científica explica que los mecanismos de recompensa que utiliza el cerebro para identificar y responder a experiencias positivas están directamente relacionados con la forma en que las personas experimentan la satisfacción, la motivación y el placer. Cuando estos procesos se alteran, aumenta el riesgo de desarrollar problemas de salud mental que podrían manifestarse en trastornos como la depresión o en el consumo de sustancias.
Hill y sus colegas diseñaron un estudio longitudinal para investigar si los estilos de crianza experimentados desde la primera infancia podrían relacionarse con los procesos de recompensa del cerebro y, en última instancia, influir en la predisposición a desarrollar determinados trastornos mentales.
La investigación comenzó con la observación de las interacciones entre 465 niños de tres años y sus madres, quienes representaron 95% de los progenitores participantes.
Los menores y sus madres realizaron seis actividades estandarizadas, diseñadas para fomentar la interacción entre ambos, entre ellas la lectura de un libro y la construcción conjunta de una estructura con bloques.
Las sesiones fueron grabadas y analizadas posteriormente para evaluar los patrones de comportamiento parental. En este sentido, la crianza positiva se calculó a partir de las puntuaciones de apoyo, confianza y orientación proporcionados por las madres durante las pruebas. Por su parte, la crianza negativa se evaluó mediante indicadores de intrusión y hostilidad.
Los investigadores también analizaron la exposición temprana al estrés mediante una entrevista estructurada con los padres. El objetivo era identificar acontecimientos estresantes o potencialmente traumáticos que los niños hubieran experimentado desde el nacimiento hasta los tres años. Entre ellos se incluyeron casos de abuso físico o sexual, la muerte de uno de los padres, accidentes, hospitalizaciones, desastres naturales, la separación prolongada de una figura de apego y la exposición a entornos considerados crónicamente inseguros.
La crianza positiva ayuda al cerebro a reconocer el disfrute
Los resultados de las observaciones y los informes de los padres se compararon con la respuesta neuronal de los participantes ante una recompensa. Esta actividad cerebral se midió mediante un electroencefalograma (EEG), después de que los niños recibieran dinero por ganar un juego de adivinanzas. El ejercicio se repitió con los mismos participantes cuando tenían 9, 12, 15 y 18 años.
Los experimentos permitieron cuantificar la actividad cerebral asociada con el procesamiento de las recompensas mediante el indicador reward positivity (RewP). Se trata de una señal neurofisiológica utilizada para estudiar la respuesta del cerebro ante resultados favorables.
Los autores analizaron la evolución de este indicador a lo largo del tiempo mediante modelos estadísticos de curvas de crecimiento. Estas herramientas permiten estimar tanto el nivel de respuesta observado como sus cambios durante el desarrollo, además de determinar si la trayectoria sigue una tendencia lineal o presenta curvaturas. Los investigadores compararon modelos con distintas estructuras temporales y evaluaron si las medidas de crianza positiva, crianza negativa y exposición al estrés estaban relacionadas con esas trayectorias.

