En estos momentos, todo el mundo está preocupado por la asequibilidad, incluidas las empresas que fabrican autos. Especialmente las que fabrican modelos eléctricos, cuyo precio medio ronda los 55,000 dólares.
Esto convierte a la camioneta eléctrica más nueva y económica de Estados Unidos en una incorporación bienvenida al mercado, aunque también en una rareza. Presentada oficialmente la semana pasada, esta pequeña camioneta modular de Slate, una empresa emergente de Michigan, cuesta poco menos de 25,000 dólares en su versión básica, y esta no ofrece mucho. Tendrás que pagar más por todo, desde las ventanas eléctricas hasta los altavoces.
Pero más allá de su diseño minimalista, existe otra característica distintiva que permite a Slate alcanzar un precio bajísimo: una batería de fosfato de hierro y litio (LFP). Esta tecnología, inventada en Estados Unidos pero perfeccionada en China, es más económica que las baterías tradicionales de níquel-manganeso-cobalto (NMC).
En su afán por fabricar autos eléctricos más económicos, un puñado de fabricantes estadounidenses siguen los pasos de Slate, apostando por una química menos popular. Y, curiosamente, el auge de esta química de baterías en EE UU se lo debe a China, y también a Donald Trump.
Cambio de rumbo
Slate no se centró inicialmente en las baterías LFP, como señaló el sitio web InsideEVs la semana pasada. La razón era sencilla: en 2022, el Congreso aprobó una ley climática integral que creó un crédito fiscal de hasta 7,500 dólares para los compradores de autos eléctricos nuevos. Para optar al crédito completo, los fabricantes debían utilizar baterías ensambladas en Estados Unidos y, posteriormente, fabricadas con materiales procedentes de Estados Unidos y sus aliados. Es crucial destacar que las nuevas normas desincentivaban el uso de materiales de Rusia, Irán, Corea del Norte y China, considerados «entidades extranjeras de interés».
Los fabricantes que priorizaban la asequibilidad planeaban construir vehículos teniendo en cuenta esas restricciones, entre ellos Slate. Estas normas dificultaban el uso de baterías LFP. Científicos estadounidenses descubrieron las aplicaciones de estos materiales en baterías en la década de 1960. Sin embargo, hace más de una década, los fabricantes de baterías occidentales y asiáticos centraron su atención en otras químicas con mayor densidad energética. En cambio, los fabricantes chinos decidieron que estaban dispuestos a sacrificar la autonomía de la química LFP a cambio de su promesa de reducir costos y mejorar la estabilidad.
Desde entonces, las gigantes chinas de modelos eléctricos, como BYD y CATL, han desarrollado una sólida cadena de suministro en torno a la química, produciendo no solo cátodos de LFP, sino también la capacidad para extraer, procesar y fabricar todos los demás componentes de las baterías. Actualmente, el 97.8% de la producción de cátodos de LFP se realiza en China, según cifras de Benchmark Mineral Intelligence, una empresa de investigación londinense. Casi el 85% de la producción total de cátodos también se lleva a cabo en China.
Los fabricantes de automóviles estadounidenses comenzaron a mostrar interés en la tecnología incluso después de que se anunciara el crédito fiscal. Por ejemplo, Ford anunció que se asociaría con CATL para fabricar baterías LFP en Estados Unidos, pero aún tenía que sopesar el costo y el rendimiento de las baterías con su elegibilidad para el crédito fiscal.
Luego, las reglas cambiaron y los cálculos de los fabricantes de automóviles se simplificaron. El verano pasado, el Congreso, controlado por los republicanos, cumplió una antigua promesa de campaña de Trump de «poner fin al mandato de vehículos eléctricos» eliminando el crédito fiscal. Esta medida perjudicó a los autos eléctricos en EE UU. La firma de investigación BloombergNEF predijo a principios de este mes que las ventas estadounidenses caerán un 19% este año debido al cambio de política y a las decisiones que los fabricantes de automóviles tomaron posteriormente para reducir su producción de eléctricos.

