Pasó en la zafra del 77, un año memorable, porque los ingenios de la isla molieron más caña que nunca, para endulzar los paladares de los blancos, negros y amarillos allende los mares.
Entonces el país era próspero y había tanto dinero que hedía a barco viejo. En la enramada del viejo Pinta Negra se escucha la voz del excelentísimo doctor B., que gobernaba el país desde antes de la muerte del generalísimo Chapita.
¡A trabajar, pueblo dominicano, que el triunfo es nuestro! ¡Ciudadano que trabaja, país que progresa! ¡La patria lo que necesita es trabajo y más trabajo!
Retumbaba la voz del excelentísimo doctor B, a través de las ondas hertzianas, captadas en el radio de galena del viejo Pinta Negra.
Ese mismo año murió Songo. ¡Ay Songo! ¡Pobre Songo, que en paz descanse! El problema de Songo fue por falta de un chele haitiano. ¡Sí, señor! Songo jugaba la segunda base y por sus predios no se escapaba una sola bola. Corría también como una guinea tuerta y por eso era especialista en el robo de base.
En el Campeonato de la Caña, del 76, Songo se ganó el respeto y la ovación con una jugada que evitó un desastre al equipo de Ceiba 12, en el noveno episodio. Entonces, a Songo lo contrataron para que jugara en el equipo del Ingenio y allí comenzó su desgracia. Songo vino enfermo y a poco murió.
Corrió el rumor de que Songo había sido vendido para ser desenterrado de noche y transportado del otro lado de la frontera, donde se dice convertían a los hombres en zombis para ponerlos a trabajar como esclavos en los cafetales.
¡Ay, Dios! Esas son cosas muy grimosas.
En el velatorio, alguien observó que el cadáver estaba sudando y ahí mismo se armó el reperpero. Hilaria, la zapatera, una vieja blanca, de pelo como la nieve, dijo que ella lo iba a despertar, pero que necesitaba un chele haitiano. ¡Búsquenme, un chele haitiano, carajo! ¿Nadie tiene un chele haitiano?
Hilaria insistía y preguntaba a los concurrentes, pero nadie tenía un jorobado chele haitiano, y así dejaron ir a Songo, sudando, rumbo al cementerio, y tal vez la historia hubiese sido otra si doña Hilaria dispusiese de un chele haitiano.
En la noche se habló mucho en mi casa del tema, porque con frecuencia visitaba un viejo llamado Julián Yenyé, que tenía el pico suave para contar cosas de los misterios. Y allí también estaba el cabo Pérez, oriundo de la frontera, que se sabía todos los misterios del vudú. Los demás concurrentes eran mi abuela, la vecina Cabita, la partera; Juanito, el domador, y mi padre.
“Y hablando de los misterios, ¿Usted sabe, don Vásquez, que el Diablo no da sombra?”.
Don Julián miró a mi padre y le lanzó una sonrisa pícara, como buscando una aprobación para seguir con el asunto.
“Sí, señor, don Vásquez, si a usted se le acerca alguien y usted ve que no da sombra, tenga cuenta que ese puede ser el enemigo malo”.
Se hizo la señal de la santa cruz. En un rincón de la sala estábamos los niños escuchando esas historias espeluznantes que ponían la piel de gallina. A nosotros se nos fijó la idea de que el enemigo malo no da sombra y fue así como sucedió aquello que al recordarlo todavía me da vergüenza.
Sucede que mi padre tenía una siembra de habichuelas rojas a la orilla del río Ozama, en un claro rodeado de un espeso follaje. Allí estábamos, mis dos hermanos y yo, recogiendo las habichuelas, cuando llegó ese hombre. Por su porte, no parecía de por aquí. El hombre vestía con un traje y sombrero negro. Tenía un paraguas cerrado en la mano izquierda. Era de piel oscura y dilatados ojos rojos.
“Un poco de agua, por favor”, dijo el hombre, desplegando una sombría sonrisa que dejó al descubierto su enorme diente de oro.
El hombre estaba parado como un militar pretoriano frente a nosotros, bajo un candente sol, cuando vimos que no había sombra. Entonces, retumbó en mi interior la voz de Julián Yenyé: “El Diablo no da sombra”. Y vino el desparpajo.
No sé en qué momento crucé a nado el río, ni tampoco recuerdo cómo me interné en el monte de Catalino, para salir al camino real. A mis hermanos los volví a ver cerca del corral de los bueyes.
Cuando llegamos a casa, ¡Oh, sorpresa! Allí estaba el hombre, tomando el café con mi abuela y al vernos lanzó esa sonrisita de gato barcino que no quisiera recordar. Era el santulario de Cruz Verde que andaba recogiendo la limosna del Santo Cristo de Bayaguana, y por su culpa fuimos víctimas de una fuerte reprimenda de mi abuela.
jpm-am
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