Al sistema solar, tal como lo concebimos ahora mismo, podría quedarle mucho menos tiempo del que imaginábamos. Un nuevo estudio calcula que la propia muerte del Sol podría desencadenar una inestabilidad gravitacional capaz de desmantelar el sistema planetario exterior, alterando radicalmente las órbitas de sus planetas y expulsando a algunos de ellos al espacio interestelar.
Lo que se sabe de la muerte del sistema solar
Los científicos saben, a grandes rasgos, cuál será el futuro del Sol. Dentro de unos 5,000 millones de años comenzará a abandonar su etapa actual y evolucionará hasta convertirse en una gigante roja. Durante ese proceso aumentará enormemente de tamaño y engullirá a los planetas más cercanos, como Mercurio y Venus. La Tierra, el tercer planeta interior, también podría ser absorbida, aunque su destino exacto todavía se debate. Marte, el cuarto planeta interior, probablemente sobrevivirá a esta expansión. Después, el Sol expulsará buena parte de su masa y terminará convertido en una enana blanca, un pequeño remanente estelar que se enfriará lentamente durante miles de millones de años.
En este nuevo sistema solar, los planetas exteriores serían los principales sobrevivientes. Sus características cambiarían, por supuesto, ante las nuevas condiciones de este Sol “zombie”, pero Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno se mantendrían ligados a su influencia gravitacional. Esta agrupación no sería eterna. Con el tiempo, el sistema solar acabaría experimentando perturbaciones gravitacionales por el paso de otras estrellas cercanas. Estos encuentros podrían alterar las órbitas de los planetas sobrevivientes hasta expulsarlos al espacio interestelar, donde continuarían su recorrido como planetas errantes, sin una estrella a la cual orbitar.
El final definitivo del sistema solar podría ocurrir en escalas de tiempo extraordinariamente grandes. Se ha calculado, por ejemplo, que el desmantelamiento de los planetas exteriores podría llegar hasta 100,000 millones de años después de la época actual. Y si solo se tomaran en cuenta las interacciones entre los propios planetas, sin influencia de estrellas vecinas, el sistema podría permanecer estable durante muchísimo más tiempo del que ahora tiene el universo, cuya edad es de aproximadamente 13,800 millones de años.
El sistema solar podría desintegrarse hasta 100 veces más rápido de lo previsto
No obstante, una investigación publicada en The Astrophysical Journal Letters, realizada por Konstantin Batygin, Jim Fuller y Fred C. Adams, plantea un escenario muy distinto: no haría falta esperar al encuentro con otra estrella para que el sistema solar se desintegre. La propia muerte del Sol podría desencadenar inestabilidad gravitacional en el sistema que terminaría expulsando a algunos de los planetas exteriores que consiguieron sobrevivir.
Los investigadores apuntaron que en cerca del 40% de las simulaciones, el sistema solar sufre disrupción o dispersión violenta antes de formarse la enana blanca, y en cerca del 90% se autodestruye dentro de los siguientes 3,000 millones de años. En algunos escenarios, las primeras alteraciones orbitales aparecían incluso cuando el Sol todavía era una gigante roja.
La explicación del cambio está en el mecanismo por el que el Sol pierde masa. Los modelos tradicionales consideran que nuestra estrella expulsará materia de manera relativamente suave y simétrica, sin sufrir grandes alteraciones en su movimiento. Pero el equipo de investigadores exploró un escenario diferente: que el Sol expulse parte de su masa de forma irregular y asimétrica, como si experimentara una serie de espasmos durante su agonía. Esta posibilidad está respaldada indirectamente por observaciones de enanas blancas que presentan pequeños movimientos de retroceso.
Cada expulsión provocaría un pequeño movimiento de retroceso de nuestra estrella. Acumulados durante miles de episodios, estos impulsos podrían alterar las órbitas planetarias hasta provocar encuentros gravitacionales capaces de expulsar a algunos planetas al espacio interestelar.
Un universo donde la estabilidad es temporal
El hallazgo encaja en una discusión más amplia sobre cómo cambian las amenazas para los sistemas planetarios a medida que envejece el universo. En sus primeras etapas, cuando la formación estelar era mucho más intensa, las explosiones de supernovas representaban un peligro especialmente importante para la habitabilidad. Los fenómenos asociados con los agujeros negros también podían afectar determinados entornos. Con el paso del tiempo, las interacciones gravitacionales entre estrellas y la evolución de los propios sistemas estelares pasaron a ser los principales factores que alteran las condiciones que permiten la supervivencia de los planetas.
El nuevo cálculo no es una predicción definitiva. Sus resultados dependen de cómo se produzca la pérdida de masa solar, un proceso cuyos detalles todavía no se conocen suficientemente bien. Las simulaciones describen escenarios posibles y sus probabilidades, no fechas exactas para la desaparición de cada planeta. Aun así, este nuevo enfoque plantea que al sistema solar podría esperarle un final mucho más caótico que la lenta y fría desaparición que imaginaban los modelos anteriores.
La incertidumbre del fin del sistema solar alcanza incluso a la Tierra. Aunque se considera probable que sea engullida durante la expansión del Sol, su destino depende de factores como la pérdida de masa de nuestra estrella y las interacciones gravitacionales y de marea. Diferentes modelos pueden producir resultados distintos. Algunos estudios contemplan un escenario más favorable en el que nuestro planeta conseguiría alejarse lo suficiente del Sol para evitar ser devorado, aunque eso no significa que conservaría condiciones habitables.

