Una voz que se negó a apagarse. Durante ocho días, el tiempo transcurrió distinto bajo las ruinas del centro comercial Galerías Playa Grande, en Catia La Mar, estado La Guaira. Mientras en la superficie el país contabilizaba víctimas, removía montañas de concreto y despedía a sus muertos, en las entrañas del edificio derrumbado un hombre seguía aferrado a la vida.
Hernán Alberto Gil, guardia de seguridad de 44 años, había quedado atrapado en la garita donde cumplía su jornada laboral cuando, el pasado 24 de junio, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 estremecieron la costa venezolana con 39 segundos de diferencia.
La pequeña caseta de vigilancia, convertida inesperadamente en un refugio, resistió el peso de unas 140 toneladas de escombros. Aquel reducido espacio creó una bolsa de aire que terminó marcando la diferencia entre la vida y la muerte.
Su historia, sostenida por la resistencia humana y el esfuerzo de más de un centenar de rescatistas, se convierte en el símbolo de la esperanza en medio de una tragedia que ha dejado miles de muertos, heridos y desaparecidos.
Leer tambiénMilagros bajo los escombros: las historias de vidas salvadas tras el doble terremoto en Venezuela
El rescate que desafía todos los pronósticos
Cuando los equipos especializados lograron establecer contacto con Hernán el pasado domingo 28 de junio, cuatro días después del desastre, la noticia recorrió rápidamente los campamentos de rescate. Allí donde ya predominaba la resignación, volvió a instalarse la esperanza.
A las diez de la mañana del lunes 29 de junio comenzó formalmente una operación que se convertiría en una carrera contra el tiempo. Cerca de un centenar de rescatistas de Venezuela, Chile, El Salvador, Estados Unidos, Portugal, Costa Rica, México y otros países trabajaron sin descanso para abrir un camino seguro hasta el lugar donde permanecía atrapado.
La inestabilidad de la estructura obligó a modificar una y otra vez la estrategia. Los socorristas tuvieron que excavar dos túneles distintos, reforzar continuamente las paredes y retirar cuidadosamente toneladas de concreto para evitar un nuevo colapso.
Mientras avanzaban apenas unos centímetros cada hora, los rescatistas mantenían comunicación permanente con Hernán. A través de tubos lograban hacerle llegar agua, soluciones hidratantes y medicamentos. También instalaron una pequeña cámara para vigilar su estado de salud y le proporcionaron protección para los ojos frente al constante desprendimiento de polvo y fragmentos de cemento.
Cada conversación servía para mantenerlo despierto y, sobre todo, para convencerlo de que no estaba solo.
Setenta horas de trabajo para devolver una vida
Las horas se convirtieron en días.
El rescate se prolongó durante cerca de 70 horas de trabajo continuo —más de un centenar si se cuentan las primeras maniobras de localización y acceso—. La operación exigía una precisión absoluta: cualquier movimiento equivocado podía hacer ceder la estructura.
Finalmente, en la mañana, hora local, de este jueves 2 de julio, el esfuerzo dio resultado.
Entre aplausos, abrazos y lágrimas, Hernán Alberto Gil apareció sobre una camilla, visiblemente agotado pero consciente. Los rescatistas lo trasladaron inmediatamente hasta una ambulancia mientras quienes habían compartido aquellos interminables días de trabajo celebraban una victoria poco frecuente en escenarios de desastres de semejante magnitud.
Después de una semana en la que casi todas las noticias habían sido de muerte, el rescate devolvió por unos minutos la alegría a una nación golpeada.
La espera interminable de Gusbimar
Durante todo ese tiempo hubo alguien que nunca abandonó el lugar.
Gusbimar González, esposa de Hernán, permaneció frente al edificio derrumbado desde el día siguiente a los terremotos. Cada ruido entre los escombros, cada movimiento de maquinaria y cada actualización de los rescatistas alimentaban una espera marcada por la incertidumbre.
Cuando finalmente la camilla emergió de entre las ruinas, también terminó para ella una angustia que había durado ocho días.
Su historia resume la de miles de familias venezolanas que continúan esperando noticias de familiares desaparecidos bajo edificios colapsados en La Guaira y Caracas.
Un esfuerzo internacional y miles de manos anónimas
La operación que permitió salvar a Hernán fue el resultado de una cooperación internacional sin precedentes.
Según Naciones Unidas, entre 2.500 y 3.000 rescatistas extranjeros llegaron a Venezuela tras el doble terremoto para reforzar las labores de búsqueda. Equipos especializados compartieron técnicas, maquinaria y experiencia con bomberos, Protección Civil y la Cruz Roja venezolana.
Pero junto a ellos también están miles de ciudadanos anónimos.
Profesores, estudiantes, médicos, enfermeros, motociclistas, albañiles, veterinarios y vecinos participan desde las primeras horas retirando escombros, organizando refugios, distribuyendo alimentos y transportando agua donde la maquinaria pesada no podía llegar.
En numerosos puntos de La Guaira fueron precisamente los voluntarios civiles quienes sostuvieron la respuesta inicial al desastre, muchas veces trabajando con herramientas improvisadas y con sus propias manos.
Una luz entre las ruinas
El rescate de Hernán Alberto Gil no cambia la dimensión de la tragedia.
El balance oficial de la tragedia supera ya las 2.295 víctimas mortales, más de 11.000 heridos y miles de personas que permanecen sin hogar tras uno de los peores desastres naturales registrados en la historia reciente de Venezuela.
Aún continúan las labores de búsqueda y decenas de miles de familias siguen esperando noticias de sus seres queridos.
Sin embargo, cuando parecía que la esperanza también había quedado sepultada bajo el concreto, una voz respondió desde la oscuridad.
Durante ocho días, Hernán resistió donde casi nadie habría imaginado que fuera posible hacerlo.
Y cuando finalmente salió a la luz, no solo sobrevivió un hombre: durante unos minutos también sobrevivió la esperanza de todo un país.
Con Reuters, AP y EFE
