El reciente llamado de atención del piloto Francisco J. Díaz no debería pasar como una simple queja técnica dentro del sector aeronáutico. Es, en realidad, una advertencia seria sobre una falla estructural del Estado dominicano: el crecimiento del turismo va muy por delante de la capacidad institucional para regularlo.
El foco de la preocupación es el Aeropuerto Internacional de Punta Cana, principal puerta de entrada de millones de visitantes cada año. Allí, según el piloto, los niveles de tráfico aéreo en horas pico están alcanzando cifras “preocupantes”. Pero lo más grave no es el volumen en sí, sino lo que revela: una falta evidente de planificación, regulación y modernización por parte del Instituto Dominicano de Aviación Civil (IDAC).
Aquí no hay espacio para eufemismos. El IDAC ha quedado rezagado frente al crecimiento del sector que está llamado a supervisar. La República Dominicana ha apostado agresivamente por el turismo como motor económico, pero esa apuesta ha sido incompleta. Se han promovido inversiones hoteleras, se han ampliado rutas aéreas, se han multiplicado los vuelos… pero no se ha fortalecido, al mismo ritmo, la entidad responsable de garantizar que todo ese flujo opere de manera segura, ordenada y eficiente.
Esto no es solo un problema administrativo; es un riesgo operativo.
Cuando un sistema aeroportuario opera al límite de su capacidad sin la debida tecnificación, sin suficiente personal y sin herramientas modernas de control, las probabilidades de errores aumentan. Y en aviación, los errores no se corrigen con discursos: se pagan caro.
El señalamiento de Díaz también desmonta una narrativa oficial que presume el crecimiento turístico como un éxito absoluto. Sí, el turismo crece. Pero crecer sin regulación es inflar una burbuja operativa que eventualmente puede colapsar. El Estado no puede limitarse a celebrar cifras de llegadas mientras descuida los sistemas que sostienen ese flujo.
Más preocupante aún es el silencio. Hasta el momento, no hay una respuesta clara del IDAC ante estas advertencias. Ese mutismo institucional no solo refleja indiferencia, sino una peligrosa desconexión con la realidad operativa del sector aeronáutico.
El país necesita respuestas concretas:
- ¿Cuenta el IDAC con el personal suficiente para manejar el tráfico actual?
- ¿Se están actualizando los sistemas de control aéreo?
- ¿Existe un plan de expansión técnica acorde con el crecimiento turístico?
- ¿Qué medidas se están tomando para evitar cuellos de botella en horas pico?
La sugerencia del piloto de buscar asesoría internacional, particularmente de países como Estados Unidos, no es un capricho, sino una señal de que el país necesita urgentemente elevar sus estándares. La aviación no admite improvisaciones ni rezagos.
La República Dominicana no puede darse el lujo de que su principal destino turístico opere al borde de sus capacidades técnicas. El turismo es, sin duda, una de las columnas de la economía nacional, pero sin regulación efectiva, esa columna puede agrietarse.
Lo que hoy es una advertencia, mañana puede convertirse en crisis.
Y si eso ocurre, no será por falta de señales, sino por la negligencia de no haber querido escucharlas.