Más allá de las cicatrices: la reconstrucción emocional de mujeres sobrevivientes de violencia química en México


María Alejandra López Tovar pasó ocho años mirando el mundo desde una ventana. Tenía cortinas semitransparentes que le permitían ver hacia la calle, pero desde afuera nadie podía verla. Mary, como le dicen ahora, observaba desde lejos una normalidad de la que se sentía ajena. “Yo veía pasar un mundo que no era mi mundo, y que yo deseaba estar dentro de esa dimensión”, recuerda.

Fue atacada con ácido en noviembre de 1988, cuando tenía 20 años. Su caso es conocido como el primer ataque con ácido documentado en América Latina. Después de la agresión, su vida se movió entre el hospital, las cirugías reconstructivas, la recuperación en casa y la espera de más intervenciones quirúrgicas.

Hoy, a sus 57 años, cuando habla de sí misma, distingue entre sus dos nombres. Alejandra era la joven que antes del ataque se sentía alegre, bonita, capaz de hacer cualquier cosa; Mary es la mujer que tuvo que aprender a vivir después.

“Esa mujer que existió antes del ataque, como que en su personalidad se desdobló. Yo me visualizo de una manera antes y me visualizo de otra manera después”, dice en entrevista con WIRED en Español, con la serenidad de quien ha pasado más de tres décadas intentando nombrar y entender lo que vivió.

El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) se hizo cargo de sus cirugías reconstructivas, pero no de todos los tratamientos e insumos que necesitaba, como las mallas de compresión que se utilizan para prevenir la formación de cicatrices queloides. Su familia tuvo que asumir los gastos. Durante años Mary también encontró formas de generar ingresos desde su casa: hacía paletas, cosía ropa y vendía vestidos pero, para ella, parecía que la vida se había detenido.

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Carmen Sánchez, María López y Arely Escobar, sobrevivientes de violencia química, marchan el 8 de marzo en la Ciudad de México para exigir justicia y visibilizar la violencia ácida en México.

Aranza Bustamante

Lo que no recibió fue atención psicológica. Empezó a ir a terapia hasta 2023, 35 años después del ataque, cuando conoció a la Fundación Carmen Sánchez, organización pionera en México que acompaña a mujeres sobrevivientes de violencia química, y supo que no era la única que había pasado por algo así.

En México no existe un registro oficial unificado sobre violencia química. La Fundación Carmen Sánchez ha documentado más de 50 ataques con ácido en las últimas tres décadas y estima cerca de 100 agresiones al año con sustancias corrosivas desde 2022. Esa falta de datos también deja en segundo plano una parte menos visible del daño: la salud mental.

El rostro, el espejo y la identidad

El impacto de la violencia química no termina en las lesiones físicas. Aunque en los últimos años se ha registrado un aumento de casos en países como Colombia, México, Perú, Argentina, Brasil y República Dominicana, América Latina todavía tiene poca investigación sobre sus efectos. En México, uno de los estudios que ha intentado llenar ese vacío es Afectaciones psicosociales en mujeres mexicanas sobrevivientes de ataques con ácido, publicado en 2023.

La investigación mostró que, en el 90% de los casos analizados, las lesiones se dirigieron al rostro. No es un dato menor, ya que este forma parte de la identidad. Cuando la agresión se concentra ahí, el daño altera la forma en que una mujer se mira, se reconoce y se presenta ante otras personas.

“Ellas al mirarse al espejo no van a encontrarse. ¿Quién soy yo ahora? ¿Soy la misma, no soy la misma? Si lo que me da identidad es un nombre y una cara, un rostro que además está siendo evaluado en el mercado a partir de su juventud y su belleza […]. Ahora imaginemos por un momento que ese rostro que nos da identidad deja de existir, entonces, mi pertenencia, mi lugar, mi presente está fragmentado”, dice Yazmín Ramírez, psicoterapeuta feminista que atiende de manera solidaria y gratuita a las sobrevivientes de la Fundación Carmen Sánchez.

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