Un hallazgo genético abre la puerta a fármacos contra las enfermedades más mortales del mundo


Algunas personas pueden simplemente tener más músculo y acumular menos grasa de manera natural y sin tanto esfuerzo. Eso las vuelve menos susceptibles a enfermedades como la diabetes o los males coronarios. Desde hace décadas, la ciencia intenta descubrir qué privilegia a esos individuos. Una parte importante de la respuesta está en sus genes. La información que contienen les permite aprovechar y distribuir la energía de una manera más eficiente.

Pero, como ocurre con la mayoría de los fenómenos genéticos, los investigadores se han topado con un obstáculo importante. No existe un solo gen que desencadene un metabolismo favorable, como si se tratara de un interruptor mágico. En realidad, interviene una red de decenas de genes que regulan la forma en que el organismo almacena y utiliza la energía. Esa enorme cantidad de información ha complicado durante años la búsqueda de la llave secreta detrás del llamado «metabolismo ideal».


Cerebro humano y la conexión neuronal.

Un estudio sitúa a RBFOX1 como el posible coordinador de una red de genes que podría ayudar a explicar la depresión, la ansiedad y el neuroticismo.


El posible activador del metabolismo

Ahora, un estudio publicado en Nature parece haber encontrado una de las piezas que faltaban. Tras analizar el ADN de 1,032,116 personas de América, Asia y Europa, un grupo de científicos identificó una vía genética asociada con un metabolismo más que saludable. Las personas portadoras de estas variantes acumularon menos grasa en el hígado, mantuvieron mejores niveles de glucosa y mostraron una protección notable frente a enfermedades metabólicas como la diabetes tipo 2.

Todas las pistas terminaban apuntando al mismo lugar: una proteína llamada FNIP1. Los investigadores descubrieron que las personas que nacen con variantes raras que reducen la función de este gen presentan un perfil metabólico más saludable que el resto. Además de acumular menos grasa en el hígado y mantener mejores niveles de glucosa, también muestran una distribución más saludable de la grasa corporal y un riesgo aproximadamente 60% menor de desarrollar enfermedades cardiometabólicas. Según el estudio, estas variantes aparecen en aproximadamente una de cada 7,000 personas.

Aunque los genetistas ya conocían FNIP1, hasta ahora habían estudiado poco su papel en el metabolismo humano. Los trabajos previos describían este gen como una especie de «freno» metabólico. Cuando está activo, las células tienden a conservar más energía al limitar la actividad de las mitocondrias, las estructuras encargadas de producir energía dentro de la célula. El nuevo estudio sugiere que pequeñas alteraciones en FNIP1 eliminan parte de ese freno y favorecen un mayor gasto energético, lo que se traduce en una protección natural frente a varias enfermedades metabólicas.

¿El fármaco del futuro?

Los investigadores llevaron el hallazgo al laboratorio. Primero redujeron la actividad de FNIP1 en células humanas y después hicieron lo mismo en ratones con técnicas de silenciamiento genético dirigidas al hígado. Los animales desarrollaron un metabolismo similar al de las personas portadoras de las variantes naturales: ganaron menos peso, acumularon menos grasa en el hígado y respondieron mejor a la insulina.

Ese resultado entusiasma a los investigadores. Si reducir la actividad de FNIP1 reproduce un perfil metabólico protector, quizá un medicamento pueda lograr el mismo efecto. Desarrollar fármacos capaces de inhibir esta vía metabólica y acercar al organismo a ese estado de protección natural es más plausible que modificar el ADN de las personas.

No sería la primera vez que un medicamento nace de una mutación genética. Algunos de los tratamientos más exitosos contra el colesterol surgieron después de estudiar a personas que, por herencia, estaban naturalmente protegidas frente a enfermedades cardiovasculares. FNIP1 podría seguir ese mismo camino.

Aunque todavía faltan años de investigación y ensayos clínicos, los autores creen que FNIP1 podría convertirse en un nuevo blanco terapéutico para combatir enfermedades como la diabetes tipo 2, la enfermedad hepática grasa y los trastornos cardiovasculares. Estos últimos siguen siendo la principal causa de muerte en el mundo: solo en 2023 provocaron 19.2 millones de fallecimientos, según el estudio Global Burden of Disease 2023, una cifra equivalente a aproximadamente una de cada tres muertes registradas en el planeta.

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