Pangram es una startup de IA con 24 empleados, cuya sede se encuentra encima de un Popeyes en Brooklyn. Hasta la fecha ha recaudado 13 millones de dólares, aproximadamente el 0.0072% de lo que tiene OpenAI, y era prácticamente desconocida hasta principios de este año.
Hay que creer en ella, Pangram es una de las principales barreras frente al avance de la IA sobre la palabra escrita.
Pangram promete detectar cuánta IA se utilizó en la generación de cualquier texto, y lo hace como un porcentaje estimado. En enero, surgieron rumores en Reddit y YouTube de que la autora Mia Ballard podría haber usado IA para escribir Shy Girl, una novela autopublicada que Hachette había adquirido para su publicación tradicional. Aunque Ballard lo negó, el CEO de Pangram publicó en X que el libro había sido generado en un 78% por IA. Posteriormente, Hachette canceló el lanzamiento.
A esto le siguió una avalancha de acusaciones similares. Por ejemplo, el New York Times fue criticado por publicar en su columna Modern Love una entrega que Pangram calificó con un 100% de probabilidad de haber sido generada por IA. Después aparecieron más casos: un ganador del Premio Commonwealth de Relato Corto obtuvo también un 100%; la novela Daggermouth, un 60%; y el thriller Call Me, I’ll Hide the Body, vendido por 2.4 millones de dólares, un 97%.
A finales de julio, Substack anunció que integraría Pangram en su plataforma para que los lectores pudieran detectar rápidamente un posible uso de IA. No todos los escritores ven esto como algo positivo. «Hay mucho rechazo y enfado hacia el software de detección de IA. Existe la sensación de que son más malvados que las propias empresas de IA», menciona Jane Friedman, autora y experta en edición.
Fuera del ámbito editorial y de la educación superior, Pangram no es un nombre muy conocido, pero sospecho que está a punto de serlo; la demanda de distinguir la producción de los grandes modelos de lenguaje (LLM) de la escritura humana crece día a día. La pregunta que hay que plantearse ahora es: ¿hasta qué punto se puede confiar en la empresa?
Detección de IA con… IA
Max Spero, cofundador y CEO de Pangram, de 30 años, se conecta a nuestra reunión de Google Meet desde su teléfono, con una caja de comida para llevar en una mano y los rascacielos de fondo. Lleva una camiseta beige, tiene el pelo corto y oscuro, una expresión juvenil y una amplia sonrisa. Dice que está en camino a su casa y que volverá a llamar. Diez minutos más tarde, Spero reaparece. Lleva toda la mañana haciendo entrevistas de trabajo. En julio, Pangram recaudó 9 millones de dólares y anunció el lanzamiento de su nuevo modelo, el Pangram 4. La página web de la empresa muestra seis nuevas ofertas de empleo, lo que supondría un aumento de la plantilla del 25%.
Le pregunto a Spero por su infancia en California, la pregunta le incomoda. Hablar de los matices de la tecnología de Pangram le resulta más natural que responder a preguntas personales, o hablar de la implicación de la empresa en escándalos literarios. Spero da un bocado y dice que se crió en La Crescenta, un barrio residencial de Los Ángeles. Le encantaba programar y se unió al equipo de robótica de su colegio. Mientras estudiaba en Stanford, conoció a Bradley Emi, cofundador de Pangram.
Tras terminar la carrera, Spero se incorporó a Google, donde trabajó en FLoC, una tecnología diseñada para sustituir las cookies de terceros agrupando a los usuarios de Chrome según sus intereses. Más tarde, Spero trabajó para la empresa de vehículos autónomos Nuro, mientras que Emi pasó por Tesla y la empresa de biotecnología especializada en IA Absci. Tras el lanzamiento de ChatGPT en 2022, el dúo vio una oportunidad para hacer frente a un futuro repleto de contenido generado por IA.

