La NASA eligió a Blue Origin, la compañía espacial de Jeff Bezos, para desarrollar su futura Mars Telecommunications Network, una infraestructura de comunicaciones que deberá funcionar como una especie de puente entre la Tierra y las cada vez más numerosas misiones que Estados Unidos contempla enviar a Marte en el futuro próximo.
El contrato, cuyo valor potencial es de 700 millones de dólares, establece que Blue Origin deberá diseñar, desarrollar, integrar, lanzar y operar un orbitador de telecomunicaciones alrededor del planeta rojo. La nave transmitirá datos científicos, imágenes, información de navegación y comunicaciones procedentes de vehículos que operen tanto en la superficie como alrededor de Marte.
La NASA abrió la convocatoria en mayo de 2026 ante la necesidad de acudir a más socios comerciales para servicios de transporte y desarrollo de tecnología espacial. La agencia planea tener el sistema listo para operar en 2030. Blue Origin, por su parte, deberá entregar el orbitador a más tardar el 31 de diciembre de 2028.
Los 700 millones de dólares no se entregarán de una sola vez. El contrato contempla pagos conforme Blue Origin alcance determinados hitos durante el desarrollo y permite a la NASA activar servicios adicionales, como el lanzamiento, la puesta en servicio del orbitador y hasta cinco años de operaciones. La cifra representa el valor máximo que podría alcanzar el acuerdo si la agencia contrata todas las opciones previstas, no un pago inmediato a la compañía.
El camino accidentado de Blue Origin
La adjudicación llega en un momento peculiar para Blue Origin. La compañía ha conseguido avances importantes con New Glenn, su enorme cohete reutilizable, pero también ha sufrido algunos tropiezos difíciles de ignorar.
El más espectacular ocurrió el 28 de mayo de 2026. Blue Origin realizaba una prueba de encendido de New Glenn en el Complejo de Lanzamiento 36 de Florida cuando ocurrió lo que la propia compañía describe como una “anomalía significativa”. El cohete explotó y dañó parte de la infraestructura de lanzamiento. Blue Origin abrió una investigación y posteriormente identificó como origen del accidente una válvula de oxígeno de uno de los motores.
Un mes antes, Blue Origin falló en la colocación en órbita del satélite de comunicaciones BlueBird 7 de AST SpaceMobile. El satélite terminó en una órbita demasiado baja para mantener sus operaciones y tuvo que darse por perdido. Dave Limp, director ejecutivo de Blue Origin, explicó posteriormente que uno de los motores de la etapa superior aparentemente no produjo suficiente empuje para alcanzar la órbita prevista.
Pero la compañía también ha demostrado que puede ejecutar misiones espaciales sin contratiempos. Quizás la más importante ocurrió en 2025, cuando utilizó New Glenn para lanzar las dos sondas ESCAPADE de la NASA, destinadas a estudiar Marte. Las naves investigarán cómo el planeta rojo perdió buena parte de su atmósfera y cómo continúa perdiéndola en la actualidad. Además, Blue Origin ha mostrado una sólida capacidad para el turismo espacial, con decenas de vuelos suborbitales.
El riesgo es parte del negocio y de un plan mayor
Los tropiezos no han entorpecido la relación de Blue Origin con la agencia espacial de Estados Unidos. Ahora mismo, la compañía trabaja para desarrollar un vehículo de descenso y ascenso lunar. El contrato tiene un valor aproximado de 3,400 millones de dólares. También construye el Blue Moon Mark 1, un vehículo de transporte para enviar cargas a la Luna. Además, desarrolla Orbital Reef, una estación orbital privada cuyo “alojamiento” para astronautas podría ser contratado por la NASA.
La NASA utiliza cada vez más contratos y recursos públicos para desarrollar simultáneamente las capacidades que necesitará en la órbita terrestre, la Luna y Marte. En lugar de depender de un único proveedor, reparte proyectos entre distintas compañías y fomenta que compitan entre ellas. El modelo también busca reducir costos y responde a una cuestión de urgencia. La agencia necesita nueva infraestructura espacial más rápido de lo que podría desarrollarla por sí sola.
La estrategia es también política. Jared Isaacman, administrador de la NASA, ha defendido abiertamente la necesidad de construir una “base industrial más fuerte” para afrontar la nueva carrera espacial. Por ahora, los fracasos individuales no parecen suficientes para cambiar esa apuesta. Financiar tecnologías que todavía están en desarrollo supone asumir el riesgo de que algunas fallen en el camino, pero a cambio la NASA busca construir un ecosistema de empresas estadounidenses más amplio, competitivo y capaz de ejecutar sus planes.

