Gasolina, precios y drones: la guerra incierta de Putin marca las elecciones en Rusia


Rusia llega a las urnas entre surtidores vacíos, teléfonos sin internet y el zumbido nocturno de drones sobre ciudades que hasta hace poco contemplaban la guerra por televisión.

El Kremlin controla el resultado de las legislativas del 18 al 20 de septiembre, pero el relato se le resiste: la ofensiva contra Ucrania consume hombres y dinero sin entregar el triunfo prometido, mientras los precios llevan el conflicto hasta la compra diaria. 

Moscú necesita transformar ese desgaste en otra fotografía de adhesión. Son las primeras legislativas desde la invasión a gran escala, los ciudadanos elegirán 450 escaños y nadie espera que el partido gubernamental, Rusia Unida, pierda el control de la Duma Estatal, la cámara baja del Parlamento ruso: durante estos años el Kremlin ha reducido la competencia a partidos que comparten las líneas esenciales de la guerra y dispone de sufragio electrónico, palancas administrativas y una vasta maquinaria de movilización.

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Imagen de portada: © France 24

Lo difícil es conseguir que la victoria parezca consentimiento cuando la promesa central de Putin —seguridad, orden y grandeza sin demasiados sacrificios privados— es más costosa de sostener.

Rusia Unida parte de una cómoda cifra  de 315 diputados, suficientes para cambiar la Constitución sin aliados. Los institutos oficiales dan por hecha su victoria, pero discrepan sobre su tamaño: el Fondo de Opinión Pública pronostica entre el 47% y el 49% de los votos por lista; el centro estatal VTsIOM, entre el 51% y el 53%. La diferencia decide si el partido conserva con holgura su mayoría constitucional y si el resultado puede presentarse como otra mayoría nacional contradanza en torno all ‘zar’ Putin.

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Una elección sin Putin en la papeleta

El diseño de la campaña delata esa preocupación por lograr un respaldo creíble en un momento en el que los rusos afrontan un año cuesta arriba. La guerra, el asunto que ha reorganizado el presupuesto, la economía y la relación de Rusia con el mundo, apenas puede discutirse en público.

Los cinco partidos presentes en la Duma apoyaron sus leyes fundamentales. Y la única formación que concurrió con el lema antibélico “Por la paz y la libertad”, Yábloko, vio anulada su lista electoral. Después comenzó el goteo contra sus candidatos individuales: 16 de los 135 registrados habían sido expulsados a diez días de la votación y el partido denunció obstáculos a su campaña en al menos 21 regiones.

Sin poder discutir la decisión que determina todas las demás, la campaña electoral ha quedado reducida a problemas locales y ayudas sociales. Moscú no ha podido evitar algunas imágenes pintorescas: en unos debates de Riazán no apareció ningún candidato y en otros los participantes guardaron silencio o se pusieron a cantar. La discusión está tan trucada que la cobertura en los canales federales ha sido varias veces menor que en 2021, según el proyecto Atlas de Elecciones. La apatía protege al Kremlin de un voto de castigo, pero también le obliga a fabricar participación desde arriba.

Una mujer pasa junto a un cartel de campaña del partido Rusia Unida, de cara a las próximas elecciones parlamentarias en Krasnoyarsk, Rusia, el 14 de septiembre de 2026. El cartel dice: "Rusia Unida. El partido de Putin".
Una mujer pasa junto a un cartel de campaña del partido Rusia Unida, de cara a las próximas elecciones parlamentarias en Krasnoyarsk, Rusia, el 14 de septiembre de 2026. El cartel dice: «Rusia Unida. El partido de Putin». REUTERS – Vladislav Nekrasov

“Para Putin es importante que la gente vote realmente y apoye su rumbo. Vigila muy de cerca el resultado de las elecciones, aunque todos entendamos que son retorcidas, sesgadas e injustas”, explica a France 24 Borís Nadezhdin, el opositor al que se impidió competir por la Presidencia en 2024 y por un escaño en 2026: “Para él [Putin] es muy valioso el resultado formal, aunque los datos publicados puedan diferir de lo que la gente quería. En Rusia las elecciones son, en esencia, un plebiscito sobre la confianza en Putin”.

Cuanto menos competitivas son las elecciones, más personal se vuelve cualquier desviación del guion. En realidad estos comicios ocultan una competición interna dentro del régimen, pues miden la capacidad de cada gobernador para reunir votos y detectan territorios que empiezan a fallar. No ofrecen alternancia, pero sí una radiografía de consumo interno: un mal resultado revelaría que mantener el aspecto plebiscitario del poder exige cada vez más presión.

El presidente ruso Vladimir Putin se reúne con periodistas al margen de la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi, India, el 12 de septiembre de 2026.
El presidente ruso Vladimir Putin se reúne con periodistas al margen de la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi, India, el 12 de septiembre de 2026. via REUTERS – Alexander Kazakov

La aprobación del presidente continúa siendo alta para los estándares occidentales. La consultora rusa VTsIOM la situó el pasado 11 de septiembre en el 67,4% y la confianza en él, en el 73,1%. Pero el desgaste de su partido es claro y solo el 37,4% afirma que votaría por Rusia Unida; el modelo electoral del instituto proyectaba después más del 50% para el partido. Esa distancia resume el trabajo de la maquinaria del ‘putinismo’: movilizar a los fieles y dejar sin vehículo político a los descontentos.

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La guerra entra por el surtidor y el teléfono

La novedad de 2026 es que el descontento ya no necesita información prohibida para encontrar pruebas de la guerra. El conflicto abierto por Putin se ha colado por las rendijas de la cotidianidad rusa: está en el surtidor cerrado, el mapa que no carga, el pago con tarjeta que falla y la alerta aérea en algunas zonas.

Los drones ucranianos han reducido la producción de las refinerías y provocado escasez de combustible. En la recta final a las elecciones, el Kremlin celebró el llamamiento de Donald Trump para que Kiev dejara de atacar instalaciones de diésel; pero al mismo tiempo sirvió para corroborar que de alguna manera la falta de gasolina pesaba sobre el ánimo de los rusos.

Desde el inicio de la invasión en 2022 el Kremlin se ha empeñado en llamar a la guerra “operación militar especial”, para que sea solo una sombra ocasional en la vida de los rusos. Pero hoy las cifras dibujan la contienda como una experiencia con un impacto notable en toda Rusia.

La encuesta de agosto de la firma rusa Levada muestra que el 68% de consultados había sufrido problemas con el internet móvil, el 65% falta de gasolina o gasolineras cerradas y el 63% fallos de mensajería. Para uno de cada tres, el combustible complicó seriamente la vida; para uno de cada cinco lo hicieron los cortes de 3G. Entre los menores de 25 años, el 85% había padecido problemas de acceso móvil. Las interrupciones del servicio, justificadas como defensa frente a los drones han incomodado incluso a adeptos al putinismo, que se han quejado en redes sociales que les dejan sin mapas, sin aplicaciones de taxi y terminales de pago incluso a ciudades alejadas del frente.

Varias personas se sientan en un banco con un cartel que anuncia las próximas elecciones parlamentarias de Rusia y promueve el voto electrónico en Moscú, Rusia, el 9 de septiembre de 2026.
Varias personas se sientan en un banco con un cartel que anuncia las próximas elecciones parlamentarias de Rusia y promueve el voto electrónico en Moscú, Rusia, el 9 de septiembre de 2026. REUTERS – Ramil Sitdikov

El candidato frustrado Boris Nadezhdin, desde su exilo en Francia, asegura que sus propios sondeos colocan el encarecimiento de la vida por encima de cualquier otra inquietud. “La subida de los precios aparece en primer lugar y con mucha diferencia. Golpea con especial fuerza a los pobres y a la clase media. A muchas personas mayores les cuesta comprar medicamentos y pagar la vivienda”, comenta por videoconferencia.

“Después vienen los problemas relacionados con la guerra: la llegada de drones ucranianos, el gran número de muertos y, por supuesto, la escasez de gasolina”.

La subida de los precios aparece en primer lugar y con mucha diferencia. Golpea con especial fuerza a los pobres y a la clase media. A muchas personas mayores les cuesta comprar medicamentos y pagar la vivienda

La economía está mostrando una ‘mala salud de hierro’, pero entre los rusos empieza a notarse la fatiga: “Los precios han subido a cotas disparatadas, amigos que el año pasado eran capaces de ahorrar ahora están recortando gastos, la comida está imposible y tomar un taxi ahora cuesta el doble en Moscú”, lamenta Inna, una moscovita que se confiesa harta de decirle a su madre que borre los ‘memes’ y chistes sobre la guerra del grupo de chat familiar: “Ahora todo el mundo tiene que tener cuidado con lo que dice, pero precisamente es cuando más se habla del tema”. 

Autos hacen fila para repostar en una gasolinera Luk debido a la escasez de combustible tras la reciente serie de ataques aéreos ucranianos contra refinerías de petróleo en regiones rusas y nuevos recortes en la producción de gasolina, en el contexto del conflicto entre Rusia y Ucrania, en Moscú, Rusia , 17 de agosto de 2026.
Autos hacen fila para repostar en una gasolinera Luk debido a la escasez de combustible tras la reciente serie de ataques aéreos ucranianos contra refinerías de petróleo en regiones rusas y nuevos recortes en la producción de gasolina, en el contexto del conflicto entre Rusia y Ucrania, en Moscú, Rusia , 17 de agosto de 2026. REUTERS – Anastasia Barashkova

Si algo teme Moscú, en parte por las experiencias del pasado, son las turbulencias bancarias. El Banco Central mantuvo el tipo de interés en el 14% y calculó una inflación anual del 6,3%, por encima del objetivo del 4%. En julio, el ritmo mensual anualizado de los precios llegó al 11,6%, y el propio banco identificó el combustible como uno de los factores relevantes. El crédito sigue caro, el consumo pierde impulso y los salarios se moderan. Tras el auge provocado por el gasto militar, la economía apenas crecerá en 2026 y no ha habido un gran reparto preelectoral de dinero público: el presupuesto de guerra deja menos margen para comprar optimismo.

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El frente que no ofrece una victoria

El problema político no es sólo el coste humano y económico de la guerra, sino la ausencia de un desenlace que lo justifique. La ofensiva rusa de primavera y verano no rompió las líneas ucranianas. Según el Institute for the Study of War, Rusia tomó o consolidó unos 90 kilómetros cuadrados en agosto, frente a más de 500 en el mismo mes de 2025, mientras Ucrania recuperó al menos 129. En Donetsk, el avance ruso fue de 2,36 kilómetros cuadrados diarios. A ese ritmo ocupar el territorio restante llevaría hasta 2032. En la élite rusa ya se han dado cuenta de la distancia entre los plazos de Putin y el terreno conquistado.

Una de las cosas que impulsan a Putin a seguir invadiendo pese a los costes humanos, económicos y políticos es que todo lo malo que está sucediendo en su lado del frente no significa que Ucrania esté cerca de ganar: las ciudades ucranianas soportan oleadas de drones y misiles, el frente sigue en gran parte estancado y el país se prepara para otro invierno con su infraestructura energética castigada. Los ataques contra puertos, ferrocarriles y fábricas han agravado una situación presupuestaria extrema: el coste diario de la guerra ha aumentado y los ingresos del Estado quedaron por debajo de lo previsto. 

A Russian soldier aims at a drone during combat training on January 19, 2026.
Un militar ruso de una unidad de ingeniería independiente del Distrito Militar del Sur apunta a un dron durante un curso intensivo de entrenamiento de combate para mejorar sus habilidades en la construcción de barreras, el desminado de terrenos y el cruce de obstáculos acuáticos, en el contexto del conflicto entre Rusia y Ucrania, en un campo de tiro en la región de Rostov, Rusia, el 19 de enero de 2026. REUTERS – Sergey Pivovarov

El régimen ruso está en la recta final de sus elecciones más difíciles, pero como país conserva más población y capacidad industrial que Ucrania y mayor capacidad de control y corrección social. 

El deterioro material tampoco equivale a una rebelión. “No conviene hablar de contrato social: un contrato tiene dos partes y en Rusia solo hay una, el Gobierno. La sociedad no firma nada; acepta lo que le dicen”, sostiene desde Ginebra Borís Bondarev, el conocido exdiplomático ruso que dimitió en 2022 por la invasión. “Quienes se enfadan por la censura de internet o sufren problemas económicos todavía no suelen unir los puntos y relacionarlos con la guerra y las decisiones de Putin. Para muchos, Putin sigue siendo el último recurso al que pedir que intervenga… pero esa mentalidad puede erosionarse deprisa si la situación se deteriora”.

Una victoria que ya no promete una Rusia nueva

El Kremlin dispone de casi todos los instrumentos para ganar, pero en este agitado 2026 —con drones ucranianos sobre ciudades rusas, colas en gasolineras y la economía acusando el golpe que esquivó en 2022 y 2023— tiene menos argumentos para entusiasmar. Ha eliminado la opción antibélica y ha disciplinado a los demás partidos. Todavía puede convertir la dependencia del Estado en participación. Y aun así, necesita esconder la pregunta que atraviesa la campaña: cuánto tiempo debe continuar una guerra que ha dejado de ser lejana sin acercarse a una conclusión aceptable.

El último sondeo de Levada contiene las dos Rusias que el poder intenta mantener juntas. El 68% todavía apoya a las Fuerzas Armadas, pero el 59% prefiere abrir negociaciones. El 61% dice que la guerra ya le ha afectado en carne propia o a su familia y el 55% cree que durará más de un año, el máximo de toda la serie. La lealtad, el cansancio y el deseo de que todo termine no son categorías excluyentes en este ‘tardoputinismo’ que puede durar años. 

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El autor del reciente libro ‘The Closing of the Russian Mind’, el ensayista Andrei Kolesnikov, describe esta estabilidad como una normalidad fabricada por la propaganda, capaz de generar demanda de una “falsa grandeza imperial”. Y advierte: “Esta nueva normalidad puede desequilibrarse por el agotamiento de los recursos financieros, materiales y psicológicos, aunque a medio plazo no será fatal para el Kremlin”. Las elecciones medirán ese agotamiento, pero por si acaso  sin permitir que se organice.

El novelista Serguei Lebedev formula estos límites de una manera distinta. La Unión Soviética, recuerda, justificaba la violencia y las privaciones del presente con una utopía futura: “Ahora el esquema es el contrario: no existe una visión del futuro. No se ofrece ninguna imagen de lo que vendrá y el pasado es la fuente de legitimidad y de sacralidad. Todo consiste en preservar y proteger ese pasado”. La campaña reproduce exactamente esa carencia: promete conservar el país construido por Putin, pero no explica qué vida habrá después de la guerra. 

Por eso son unas elecciones complicadas para Putin aunque su desenlace esté decidido. Ni los asustados ni los descontentos en el exilio ponen en peligro inmediato su presidencia ni probablemente la mayoría de Rusia Unida: más bien sirven para medir cuánto aparato, silencio y exclusión hacen falta para transformar una sociedad fatigada en una fotografía de unanimidad. El domingo 20 de septiembre por la noche el Kremlin podrá anunciar otra victoria, y las cifras no demostrarán si los rusos siguen avanzando detrás de Putin o simplemente han aprendido a apartarse mientras pasa. El Kremlin habrá esquivado su principal escollo y los rusos se preguntarán que sucederá después. 

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