Ha pasado un año desde que un acuerdo de alto el fuego negociado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y sus aliados árabes prometiera poner fin a la guerra en Gaza, e Israel sigue lanzando ataques mortíferos contra ese territorio devastado.
El acuerdo puso fin a las principales operaciones militares, liberó a todos los rehenes que quedaban y mejoró el acceso de la ayuda humanitaria. Sin embargo, no ha cumplido las promesas de una nueva administración palestina respaldada por fuerzas internacionales, el desarme de Hamás y el fin del control israelí sobre más de la mitad del territorio. Casi nada se ha reconstruido.
Israel ha condicionado cualquier avance en las demás cuestiones al desarme total de Hamás, mientras que el grupo militante —y la Administración Trump— afirman que deberían producirse simultáneamente.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, endureció su postura durante el verano, desafiando abiertamente a Trump, su aliado más importante, de cara a las elecciones israelíes que se celebrarán a finales de este mes.
Las disputas han dejado a los dos millones de palestinos de Gaza en una situación de incertidumbre. La mayoría se refugia en campamentos de tiendas infestados de roedores, entre los escombros de sus antiguos barrios o en edificios dañados por la guerra que corren riesgo de derrumbe.
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En la zona de Jabalia, al norte de la Franja de Gaza, la familia de Abdullah Abu Zubaida vive en un refugio improvisado construido con los escombros de su casa.
«Cuando comenzó el alto el fuego el pasado mes de octubre, esperábamos que la guerra se detuviera, que cesaran los asesinatos y que llegara la ayuda», afirmó. Nada de eso ha sucedido.
Para Ne’man Abu Jarad y su familia, desplazados desde Beit Lahia, en el norte de Gaza, a Khan Younis, en el sur, la tregua tampoco ha supuesto un camino claro de vuelta a casa. La familia, que tiene cinco hijas, sigue viviendo en tiendas de campaña.
«El alto el fuego es meramente nominal, tinta sobre papel», afirmó Abu Jarad.
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Esperanzas desbaratadas
El acuerdo de alto el fuego de 20 puntos, alcanzado tras meses de negociaciones bajo los gobiernos de Biden y Trump, puso fin a las principales operaciones militares y propició la liberación de todos los rehenes que quedaban tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que desencadenó la guerra.
Los militantes liderados por Hamás mataron a unas 1.200 personas ese día y secuestraron a 251. Israel respondió con bombardeos masivos y una invasión terrestre que ha causado la muerte de más de 74.000 palestinos, según el Ministerio de Sanidad de Gaza.
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El ministerio, que forma parte del Gobierno dirigido por Hamás, mantiene registros detallados y es considerado, en general, fiable por los organismos de la ONU y los expertos independientes. No distingue entre civiles y militantes en su recuento, pero afirma que las mujeres y los niños constituyen aproximadamente la mitad de los fallecidos.
Tras el anuncio del acuerdo, Trump hizo un llamamiento a una nueva era de armonía en Oriente Medio. «Tenemos una oportunidad única en la vida para dejar atrás las viejas disputas y los odios amargos», declaró en una cumbre celebrada con motivo del acuerdo.
Objetivos demasiado elevados
El acuerdo exigía que Hamás cediera el poder a un comité de administradores palestinos seleccionados por la Junta de Paz, un nuevo órgano presidido por Trump y encargado de aplicar el alto el fuego.
Los militantes disolvieron oficialmente su gobierno en julio, pero mantuvieron intacta la administración pública y siguen siendo la fuerza dominante en aproximadamente el 40% de Gaza que no está controlado por el ejército israelí. Mientras tanto, Israel ha prohibido a la nueva administración palestina entrar en Gaza a través de Egipto.
En febrero se anunció la formación de una Fuerza Internacional de Estabilización, pero aún no se ha materializado. Indonesia, que se comprometió a aportar el mayor contingente de tropas —8.000 soldados—, dejó esos planes en suspenso la pasada primavera, cuando la atención mundial se centró en la guerra con Irán.
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Se suponía que Israel debía retirarse de Gaza, pero, en cambio, ha ocupado más territorio, desplazando la denominada «línea amarilla de control» hacia el oeste, en dirección al mar Mediterráneo.
También ha llevado a cabo ataques regulares contra personas a las que acusaba de violar el alto el fuego, de acercarse a la línea amarilla o de haber participado en el ataque del 7 de octubre.
Los ataques israelíes han causado la muerte de más de 1.400 palestinos desde que entró en vigor el alto el fuego, según el Ministerio de Sanidad de Gaza. Las ofensivas esporádicas han acabado con la vida de cinco soldados israelíes en Gaza durante el mismo periodo.
Estancamiento cada vez más grave
En julio, Trump anunció un acuerdo para el desarme de Hamás, presentándolo como un gran avance en un proceso que llevaba mucho tiempo estancado.
Ese acuerdo, una prórroga del alto el fuego original, exigía que Hamás se desarmara «de forma gradual, secuencial y con plazos concretos», «vinculada a una retirada israelí por fases».
Hamás confirmó por primera vez que había aceptado desarmarse, vinculando también esta medida a que Israel detuviera sus ataques y se retirara de Gaza.
Días después, Netanyahu anunció que Israel no se retiraría de ninguna parte de Gaza hasta que Hamás hubiera sido completamente desarmado, rechazando explícitamente el acuerdo anunciado por Trump.
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Este inusual episodio de fricción entre los dos aliados se produjo mientras Netanyahu intenta reforzar su base nacionalista de cara a las elecciones del 27 de octubre, que podrían poner fin a sus casi 17 años de mandato ininterrumpido, el más largo de la historia de Israel.
Netanyahu ha sido objeto de críticas por los fallos en materia de seguridad e inteligencia que condujeron al ataque del 7 de octubre, y sus oponentes le acusan de haber sido demasiado indulgente con Hamás. Esto le deja poco margen para hacer concesiones, ni siquiera menores, respecto a Gaza, al menos hasta que se forme un nuevo Gobierno, lo que podría llevar meses.
Mientras tanto, prácticamente no se ha reconstruido nada en Gaza, Hamás está debilitado pero sigue en el poder, y no se puede descartar que se reanuden los combates.
